Plaza de la Burullería, cantón de la Soledad, calle Vitoria, campus universitario, plaza de San Vicente de Paúl. Son sólo cinco puntos de la ciudad en los que, de forma semanal, grupos de jóvenes -a menudo menores de edad- se reúnen para aliñar sus noches con vodka, ron, mojito, cerveza o kalimotxo. Hace una semana, EL CORREO fue testigo de ello. Durante cinco horas -entre las diez y media de la noche y las tres y media de la madrugada- un redactor y un fotógrafo de este periódico acompañaron a una patrulla nocturna de la Policía Local en su particular cruzada contra el consumo de alcohol y drogas por parte de adolescentes imberbes. ¿El balance? Doce menores identificados -una de ellas por consumo y tenencia de hachís- y un hostelero multado por servir alcohol a una niña de 16 años. Y, 'recetas' aparte, un buen puñado de toques de atención para todos aquellos mayores de 18 años sorprendidos katxi en mano. Así transcurrió la noche, minuto a minuto.
22.30 horas. José Luis y Yoel integran una de las cinco patrullas del turno de noche en la Guardia Urbana. Salen a patrullar de paisano, en un Ford camuflado, y con el itinerario muy bien aprendido. ¿Primer destino? Un parque situado en la trasera de la calle Vitoria, en Zaramaga. El instinto no les falla. A lo lejos, un grupo de cuatro jóvenes baila alrededor de un arsenal de alcohol. Mojito, ginebra, cerveza, licor de manzana y kalimotxo es su munición.
Sin documentación
Los agentes se identifican. Les piden que hagan lo mismo. Ninguno lleva encima el DNI. No sirve. Los cuatro jóvenes cantan sus datos personales y desde la central, el oficial de guardia confirma la evidencia. De los cuatro, tres son menores. Y a los tres, por tanto, les llegará carta a casa. «¡Qué flipaos!», suelta de repente uno de ellos. «Si esto es de un amigo y nosotros no hemos confirmado nada». José Luis hace oídos sordos. «Seguid bailando, que es más sano y lo hacíais muy bien», les replica antes de aprehender las botellas que quedan cerradas. La primera, en la frente.
23.15 horas. De camino al Casco Viejo, el Ford de los agentes se detiene en Portal de Villarreal. Un oscuro callejón conduce a un pequeño jardín que comparten dos grupos de amigos. Cada uno va a lo suyo. Los unos ya están entonados. Tienen más de 18. Los agentes les recuerdan que está prohibido beber en la calle y les obligan a recoger los bártulos. Obedientes, desaparecen sin rechistar. A los otros, los policías apenas les dan tiempo de descorchar el Malibú con piña que carga uno de ellos para, según él, «llevar después a casa de un amigo». No cuela. Sólo uno de ellos -presumiblemente el que ha llenado el carro en el supermercado- es mayor de edad. Al resto, les llegará la 'receta' a casa.
Medianoche en San Vicente de Paúl. Media docena de chavales celebran, botellón mediante, el cumpleaños de uno de ellos. Los 18 están al caer y eso se merece un buen festín de kalimotxo. Y de algo más. El movimiento brusco de una de las chicas hace sospechar a los agentes. Lo que acaba de tirar al suelo no es un cigarro sino la pava de un 'peta'. De nuevo la misma reacción. «No es mío. No tengo más. No me hagas nada, por favor». El registro de su cartera, en cambio, dice lo contrario. El agente encuentra la piedra de hachís y la chica se desploma. El colocón da paso a los llantos. Pero la Policía no se ablanda. «A la larga, nos lo agradeceréis».
Es cerca de la una de la madrugada. A esa hora, las calles se vacían y los bares se llenan. Toca hacer la ronda por los principales bares de marcha del Casco. En Santo Domingo y Pintorería, la noche está muerta. En 'Zapa', en cambio, la cosa se anima. Como un radar, los agentes detectan a una menor. Está bebiendo un cubata. Así que ni ella se libra de la carta, ni el hostelero que se lo ha servido de la multa.