M ás de una vez les he hablado a ustedes de las maquinas automáticas del metro. Estoy convencido de su inteligencia, porque de vez en cuando hasta se permiten tomar el pelo a algún cliente y esto en mi opinión, es una prueba irrefutable de inteligencia. También les he contado cuando les da por devolver una moneda que no tiene ningún defecto, sencillamente por tomar el pelo al cliente. Yo hice la prueba de volver a meter la misma moneda una y otra vez y al final la máquina, en vista de que no podía reírse de mí, al sexto o séptimo envite acababa por admitir la moneda. La misma que había rechazado seis veces seguidas.
En otra ocasión recuerdo que una canceladora de salida se permitió la broma de abrir la puerta cuando yo metía el bono en la ranura y cuando me decidía a pasar me cerraba la puerta y me quedaba fuera. Me lo hizo un par de veces, pero yo aprendí la lección. Me puse pegadito a la puerta de cristal, desde allí metí el bono y cuando se abrió pasé como un rayo y la deje con un palmo de narices. Toma canela Manuela, donde las dan las toman.
Esta vez, en cambio, he topado con una máquina que, además de lista, es sensata y responsable, porque yo, con mi despiste habitual (siempre lo he tenido y ahora más que nunca) me dispuse a sacar un bono nuevo y para ello hice lo habitual, es decir, meter mi tarjeta por la ranura. La metí, volvió a salir como de costumbre pero a la hora de cogerla, la maquina se la tragó y me quedé con un palmo de narices.
Repetí la jugada y nuevo chasco; cuando iba a cogerla se metía de nuevo en la máquina y así hasta que descubrí que la estaba metiendo al revés. La canceladora se dio cuenta, me vio la cara de panoli y se dijo: a este buen hombre hay que darle una lección. Y me la dio, porque desde ahora tendré el cuidado de meter bien la tarjeta. Y todo gracias a la inteligencia de una máquina que no se limitó a cumplir estrictamente con su deber electrónico.
El colofón de esta historia viene a redondear mi despiste porque sin darme cuenta que había metido un billete de diez euros para pagar cinco, recogí el bono y me fui rápidamente. Por fortuna, un empleado del metro oyó el tintineo, y al verme ya camino del andén, vino muy amable y me entregó los cinco euros del cambio. Gracias amigo.