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Sociedad

13.09.09 -

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Gran parte del territorio del que fuera el imperio del gran Tamerlán está hoy día gobernado por caprichosos déspotas. Son herederos de la tradición de aquel sanguinario conquistador uzbeko del siglo XIV y de los métodos acuñados por el poder soviético. Son los grandes timoneles de una extensa zona que va desde el Caspio hasta China y desde Rusia hasta Irán y Afganistán. Fue una región olvidada tras la desintegración de la URSS. Ahora vuelve a adquirir relieve gracias a sus riquezas naturales (gas y petróleo fundamentalmente) y a su situación geográfica.
En manos de estos pintorescos sátrapas están Azerbaiyán y los cinco 'stan' (tierras) de Asia Central (Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán). Países distintos, pero con grandes similitudes. Pocas manos se reparten la riqueza, por lo general familiares de los máximos dirigentes, mientras la inmensa mayoría de la población utiliza las suyas para pedir.
A estos soberanos de la nueva tierra prometida no les tiembla el pulso a la hora de reprimir, subyugar y castigar. Todo se hace en aras de la estabilidad, el bienestar y el progreso. Algunos se las dan de modernos. Otros se mantienen fieles a las formas de la ortodoxia comunista que practicaron o asimilaron. Emomali Rajmón (Tayikistán), Gurbangulí Berdimujammédov (Turkmenistán) y Kurmanbek Bakíev (Kirguistán) procuran dar una imagen algo más sobria. Ilham Alíev (Azerbaiyán), Nursultán Nazarbáyev (Kazajstán) e Islam Karímov (Uzbekistán) son mucho más megalómanos y estrambóticos. Son los nuevos emires del mítico Turquestán.
El que marcó la senda del despilfarro, los proyectos faraónicos y el chabacanismo fue el fallecido Saparmurat Niyázov, un ex comunista que dirigió Turkmenistán con mano de hierro hasta su muerte hace apenas tres años. Colgó retratos suyos por todas partes y no hay rincón del país en el que no se haya erigido un monumento a su memoria. El más espectacular es una estatua bañada en oro de quince metros de altura y con un motor capaz de hacerla girar. Su sucesor, Gurbangulí Berdimujammédov, no se ha atrevido todavía a sustituirlas por las suyas. Carece aún del carisma necesario. Lo que sí ha hecho Berdimujammédov es devolver a los meses y días de la semana sus antiguas denominaciones. El 'Turkmenbashí' (padre del pueblo), título que se autoasignó Niyázov, los cambió por nombres de sus familiares. Abril llevaba el de su madre.
Prohibidos los conciertos
Niyázov escribió el 'Ruhnama' (El libro del alma), un compendio de preceptos morales, ideas políticas y poesía. Todo turcomano debía recitar de memoria alguno de sus capítulos y era una de las asignaturas obligadas de cualquier aspirante a funcionario. Se gastó una fortuna traduciéndolo a multitud de idiomas y haciendo que Roskosmos, la agencia espacial rusa, pusiera un ejemplar en órbita. El 'Ruhnama' tiene su propio monumento en la capital del país. Leer tres veces la obra, según el dictador, conduce a la madurez intelectual, enriquece el espíritu y garantiza el acceso al Edén.
Entre las lindezas de Niyázov se recuerda la prohibición de los espectáculos de ópera y ballet, el circo, los conciertos, llevar música en el coche y lucir barba, bigote o pelo largo a los varones. Obligaba además a sus ministros a correr cada año el maratón. Turkmenistán sigue siendo el régimen más cerrado de toda Asia Central y Berdimujammédov un auténtico tirano, aunque sin las extravagantes manías de su predecesor.
Ningún otro dirigente de la región ha conseguido todavía desbancar a Niyázov, aunque algunos lo intentan. El presidente kazajo, Nursultán Nazarbáyev, parece más bonachón y no tan vanidoso como el difunto Niyázov, pero en algunas cosas no se ha quedado a la zaga. La idea de trasladar la capital y crear en mitad de la estepa una moderna urbe de rascacielos pertenece en exclusiva a Nazarbáyev. Astaná, que tiene ya 11 años, no tiene nada que envidiar, no ya a la turcomana Ashjabad, sino tampoco a la mismísima Dubái o Singapur. El plan urbanístico de Astaná fue concebido por el japonés Kisho Kurokawa y la mayoría de los proyectos han ido a parar a manos de prestigiosos arquitectos como el español Ricardo Bofill o el británico Norman Foster.
Nazarbáyev, que dirige los designios del mayor país de Asia Central desde 1984 y fue miembro del Comité Central del Partido Comunista de la URSS, estaba harto de Alma-Atí, la antigua capital. Dijo que las montañas impedían el desarrollo de la ciudad, que cambiar de sitio vendría bien a los funcionarios y ayudaría a erradicar las costumbres corruptas y que el núcleo administrativo del país debería estar situado en el centro del mapa, no en el extremo sureste, junto a Kirguistán, como Alma-Atí. El mastodóntico proyecto de trasladar la capital le ha costado ya a las arcas estatales más de 7.000 millones de euros y aún queda por invertir no menos de otros 6.000. Pero, mientras siga habiendo gas y petróleo, se pueden pagar las cuentas.
De todas formas, se cuenta que en Kazajstán no se mueve un papel sin el consentimiento de Darigá, la hija mayor de Nazarbáyev. Darigá, tras un tormentoso matrimonio con Rajat Alíev y posterior separación, hizo una incursión por la política, llegando a ser diputada, y encabezó el grupo de comunicación Alma-Media, con el que se permitió lanzar críticas contra el régimen. Su padre, lógicamente, se enfadó y la quitó el control del holding mediático, aunque no del resto de las empresas que había encabezado su marido hasta que fue 'deportado' a Viena como embajador en Austria y ante la OSCE.
Rajat fue después destituido y sobre él pesa una sentencia en ausencia de 20 años de cárcel, pero Austria se niega a conceder la extradición. Darigá, sus dos hermanas -Dinara y Alia- y sus respectivos maridos controlan hoy día la mayor parte de las empresas del país. El departamento de prensa del Ministerio de Exteriores kazajo lamenta que algunos medios de comunicación occidentales escriban Nazarbaistán en lugar de Kazajstán.
Lo mismo sucede con el vecino de la otra orilla del Caspio, Azerbaiyán o Aliebaiyán (por la dinastía de los Alíev), país también muy rico en hidrocarburos e igualmente musulmán. Ilham Alíev, su presidente, recibió el poder de su padre Heydar hace seis años, poco antes de morir éste, consagrando así una nueva república hereditaria o dinástica al estilo de los Asad en Siria o los Kim en Corea del Norte. Heydar fue miembro del Buró Político del Partido Comunista soviético.
Antiguo ludópata
Aparte de sus deslices autoritarios, el único defecto conocido de Ilham es su antigua afición al juego. Se cuenta que, a comienzos de los 90, dilapidó toda una fortuna en los casinos de Estambul y dejó pendientes enormes deudas por la ruleta. Su padre le quitó del vicio y le puso al frente de la Compañía de Petróleo Estatal. Comenzaba así una carrera que se coronaría, en octubre de 2003, con la máxima responsabilidad al frente del país. Al fin y al cabo, Ilham no era un simple niño pijo. Supo demostrar talento, inteligencia y, sobre todo, capacidad para los idiomas. Habla perfectamente ruso, inglés y francés.
Como buen 'apparatchik' soviético, Heydar dio gran importancia al deporte. En la URSS siempre se consideró que, a falta de otras victorias, las obtenidas en el deporte se podían utilizar como factor propagandístico. Uno de los escalones por los que tuvo que pasar Ilham en su fulgurante carrera fue la de presidente del Comité Olímpico de Azerbaiyán. No procuraba mucho poder, pero sí protagonismo. Alíev ha continuado esa tradición y a él se le atribuye el mérito de haber puesto a flote el deporte nacional.
El heredero de la dinastía, sin embargo, es Heydar, el más pequeño del clan y bautizado así en honor de su abuelo. A sus 12 años, Heydar va ya acompañado a todas partes de un enjambre de guardaespaldas. La hermana mediana, Arzú, estudia en una universidad helvética.
Las dos hijas de Islam Karímov, el presidente de Uzbekistán, Gulnara y Lola, también ocupan un lugar destacado en la vida política y económica de la república, especialmente la primera. Los consejos de administración de más de una veintena de empresas, desde la energía hasta el cemento, pasando por los bancos, las telecomunicaciones, la prensa y la alimentación, están presididos por Gulnara.
Karímov lleva al frente de Uzbekistán desde 1989, entonces era primer secretario del Partido Comunista de la república y miembro del Buró Político del PCUS. Después de la desintegración de la URSS, fue elegido presidente, cargo que, si no cambian las cosas, va a mantener de forma prácticamente vitalicia. Bajo el pretexto de combatir el integrismo islámico ha creado un brutal régimen policial. Pero lo que más deterioró su imagen fue el sangriento aplastamiento de la revuelta que estalló en Andiyán, en mayo de 2005. Oficialmente, perecieron 187 civiles. Las organizaciones de derechos humanos, sin embargo, hablan de más de un millar de muertos. Refiriéndose a los extremistas islámicos, Karímov dijo una vez ante los diputados de su Parlamento: «Esa gente merece un tiro en la sien. Si hace falta, lo dispararé yo mismo. Estoy dispuesto a arrancarles la cabeza, a sacrificar vidas con tal de conseguir la paz en Uzbekistán». Nunca negó su admiración hacia el gran Tamerlán.
No menos feroz es la dictadura de Emomali Rajmón en Tayikistán. Sin embargo, la pobreza de su país, en donde los recursos energéticos son mucho más escasos, no permiten grandes alardes a este otro miembro de la vieja guardia del PCUS, que antes se apellidama Rajmónov y que se convirtió al islam en 1997. Pasa lo mismo en el vecino Kirguistán, cuyo actual presidente Kurmanbek Bakíev, otro antiguo 'apparatchik' comunista, llegó al poder bajo la bandera de la lucha contra los abusos y tras derrocar, en marzo de 2005, a Askar Akáyev, el sátrapa centroasiático más pacífico e ilustrado. Bakíev, sin embargo, ha empezado a descolgarse por la senda del totalitarismo.
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