Sonó el primer cohete y la bulliciosa multitud arremolinada frente al Ayuntamiento estalló en una orgía de confeti y gaseosa. Esta podría ser la primera frase de cualquier crónica de cualquier Chupinazo, pero sólo hay una alternativa si además tenemos a la mascota más pintoresca de la comarca, el Iguarrako, ¿fácil, verdad? Así es, Amurrio celebra desde ayer sus fiestas en honor a Nuestra Señora y San Roque.
Como de costumbre, el cohete se lanzó a las siete de la tarde -una radiante, por cierto-, hora un tanto tardía y que provoca que los actos de la mañana sean un poco más comedidos, no vaya a ser que se gasten las energías antes de empezar. De todas formas, las semifinales de pelota del Campeonato Villa de Amurrio y la presentación de las cuadrillas sirvieron para adentrar al pueblo en la frenética actividad en que se embarcará en las jornadas siguientes. Una hora antes del chupinazo tuvo lugar el solemne preludio que es la lectura del pregón, que este año leyó Jon Lapatza en calidad de presidente y portavoz de excepción de la emblemática empresa Amurrio Ferrocarril y Equipos.
Resulta curioso cómo estas fiestas, además de proporcionar a los vecinos seis días de jolgorio, mucha juerga y poco sueño, sirven para espolear el sentimiento de identidad de los miembros del pueblo. Y es que a pesar de que las circunstancias obligan a compartir con Llodio los últimos tres días de jarana, todos los amurrianos se entregan en cuerpo y alma a sus festejos sin sucumbir a los cantos de sirena que provienen de la otra gran urbe ayalesa. Y es por eso que a las fiestas de Amurrio les rodea una atmósfera tan especial.
Tras los instantes de alegría y despendole que sucedieron a la explosión del chupinazo, la organización se encargó de encauzar los ánimos festivos hacia las actividades programadas, como si quisieran despertar al pueblo obnubilado y hacerle ver que las fiestas ya están aquí y no hay tiempo que perder.
Pelota y verbena
Así, comenzó el pasacalles de las cuadrillas, que una por una fueron presentando orgullosas sus respectivos chamizos, esos locales con una idiosincrasia tan particular. No faltó el acompañamiento musical, que corrió a cargo de la fanfarre Turutarra. Para más tarde quedaron el espectáculo callejero de los franceses de Zindaré y la verbena a cargo de la orquesta Casino Royal.
Pero, sin duda, el broche perfecto a esta primera jornada festiva lo pusieron los partidos de pelota. Encabezaban el cartel dos parejas de relumbrón: Olaizola II-Peñagarikano y Berasaluze VIII-Mendizabal. Apetecía ver los ganchos de Pablito y la clase de Aimar, dos artistas de los cuadros alegres. Esto sería al filo de las diez y media pero, para esa hora, los bares y txoznas estaban ya en plena ebullición.
Por delante, quedan cinco días para pasarlo bien, insuflar vida al pueblo, olvidarse de todo y, a la vez, hacer que todo sea inolvidable. Y, sobre todo, para aparcar las preocupaciones y entregarse al lado más divertido de la vida.