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«Si de día es terrible, imagínate de noche y con niños», dice el alcalde de Calahorra
Un coche con 70 kilos reventó el cuartel de Calahorra. / R. LAFUENTE
Un gran estruendo, humo, cristales que saltan en mil pedazos, angustia y miedo. Es el nítido rompecabezas de recuerdos que regresa a los vecinos del municipio riojano de Calahorra tras enterarse del atentado de ayer contra la casa cuartel de Burgos.
También ellos vieron cómo ETA destrozaba con un coche bomba sus hogares y comercios. Eran las dos de la tarde del 21 de marzo de 2008. Viernes Santo. El objetivo, el mismo que en Burgos: el cuartel de la Guardia Civil. Los terroristas del 'comando Vizcaya' habían colocado el Honda Civic cargado con 70 kilos de explosivo en la calle General Gallarza, una de las más concurridas de la ciudad.
«Y encima sin avisar»
Aún hoy, comerciantes y vecinos entrecierran los ojos cuando miran a ese punto, como si temieran que el recuerdo también estallase ante ellos. «El coche estaba ahí mismo, aparcado junto a una farola. Y destrozó todo», explica Rubén, trabajador de uno de los establecimientos afectados. «En la televisión ves la columna de humo y no te imaginas tener el fuego enfrente y el coche volar y caer a 300 metros», recuerda.
A diferencia de lo ocurrido en la ciudad riojana, en Burgos no ha habido aviso previo al estallido de la bomba. «Si sabiéndolo y de día es horrible y no se olvida nunca, imagínate si estás en la cama, durmiendo, con niños», subraya el alcalde de Calahorra, Javier Pagola, que tenía ayer en la cabeza «todo lo que nosotros vivimos; el dolor, la tristeza y la indignación».
El concejal Óscar Eguizábal también fue uno de los damnificados en aquel atentado. De ese día recuerda «el paisaje desolador, con el coche ardiendo, el socavón que dejó, gente llorando, nerviosa... Pero hay que seguir adelante». Y a eso se aplicaron pronto los vecinos de Calahorra. Aún así, tardaron más de seis meses en completar la rehabilitación de la zona.
Guillermo Berlanga y Elena Ruiz son propietarios de uno de los comercios que recuperó antes la normalidad. Tras el mostrador de su quiosco piden a los afectados por el atentado de Burgos «que no se rindan, que continúen y no piensen en lo que ha pasado». «Aunque decirlo es fácil, pero digo yo que algún día se terminará esto», dice un esperanzado Guillermo.
El último comercio en reabrir fue 'La Panadera', que regenta Maite Martínez. «Siempre lo tendré en mente, porque hicieron mucho daño, pero no nos van a echar para atrás», proclama. Y aunque reconoce su intranquilidad, «porque una no sabe ya dónde está segura», envía un mensaje a los burgaleses afectados: «Lo pasarán muy mal, pero la tranquilidad volverá». A Calahorra tardó meses en volver.
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