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Política

ETA busca una matanza

La brutal explosión deja un reguero de ventanas desvencijadas y coches reventados, además de un comentario unánime: «Es un milagro que no haya muertos»

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El torso de un policía sobresale del cráter. A la altura de su pecho, inspecciona el socavón dejado por la explosión de la furgoneta. Tiene un metro y medio de profundidad y unos siete de diámetro. Es mediodía. Los agentes recogen los trozos de chatarra de la furgoneta bomba, aunque gran parte han saltado por los aires cientos de metros más allá. A 400 metros del boquete, en la plazoleta de unos adosados, aparece un trozo de motor de considerable tamaño. Ha superado la barrera que forma una hilera de casas de tres plantas. Al lado, unas zapatillas de andar por casa con ceniza.
Es el escenario del horror dejado en Burgos por la última bomba de ETA. A muchos les recuerda el panorama tantas veces visto en la televisión por la espiral de violencia que desangra Oriente Próximo. «Esto parece Beirut», aciertan a decir en la zona de la explosión. Pero el comentario más saludado ayer por los afectados era el de saberse vivos tras el «terremoto» que les tiró literalmente de la cama mientras dormían. «Es un milagro que no haya muertos».
La furgoneta cargada de explosivos circuló a mediodía del martes por la avenida Cantabria, una amplia carretera de la periferia de Burgos donde se concentran sus servicios y equipamientos. Otra jornada de calor en esta zona residencial de las afueras. A un lado, el centro histórico; delante el tanatorio y el cementerio; y al oeste, la salida hacia Santander. El coche bomba pasó junto a la central de la Policía Municipal y los Bomberos, giró en la rotonda y dejó a un lado el Carrefour y su gasolinera. Se coló en la explanada próxima a la casa cuartel a la hora de comer, un bloque de 14 alturas con forma de acordeón. Aquí hay 90 viviendas en las que dormían 120 personas, entre ellas 41 niños, en el momento de la explosión. Varios de los guardias residentes estaban de vacaciones junto a sus familias, lo que evitó males mayores.
La situación de la residencia de la Guardia Civil, apartada del resto de la ciudad, parecía su condena, pero también ha sido su salvación. La proximidad de los equipos de Protección Civil facilitó el rescate y los traslados. Los hospitales que hay al lado, entre ellos el General Yagüe, atendieron a los heridos, 65 en total. De nuevo imágenes de fuego, escombros y niños en brazos de guardias civiles. Por la mañana aún se veía un rastro de sangre en el descansillo. «Gracias a Dios, estamos vivos», se dijeron.
Con el amanecer se vio el alcance de la tragedia. La cara del edificio más expuesta a la explosión enseñaba sus tripas. De la primera a la última planta, las grietas recorrían la fachada como un crujido. Una nevera volcada junto a la ventana. Persianas reventadas. Radiadores retorcidos. Los papeles volaban por las campas cercanas. Perdieron la casa, pero todos abandonaron horas después los centros sanitarios en los que habían sido ingresados.
Los guardias civiles desalojados buscaron cobijo en el hospital militar. Compañeros suyos del cuartel de Lerma les echaron ayer una mano en tareas de regulación del tráfico. Uno de ellos, destinado en Navarra durante 15 años, sabe que lo de ayer fue un milagro. «Desgraciadamente he visto atentados con menos destrozos materiales que han causado muertos».
Bocata entre lágrimas
Agentes afectados por la explosión hacen guardia a la entrada de la casa cuartel por la mañana. No quieren hablar. Lo hacen entre ellos y por el móvil para tranquilizar a los suyos. Algunos llevan vendas en los brazos. «No, por favor, salgan de la zona acordonada». Por las ventanas rotas del bloque magullado ondean cortinas, como banderas blancas. Las garitas parecen intactas, firmes.
Junto al edificio siniestrado hay un bloque de viviendas de vecinos en la avenida Cantabria. Es el segundo más afectado. La mayoría de los residentes han sido desalojados, aunque a mediodía se ve a unos pocos en las zonas menos destrozadas mientras retiran cristales y cascotes. Dos bomberos exhaustos salen del portal. «Los daños por dentro son mayores de lo que uno puede imaginarse desde fuera». Las puertas de las casas, en el descansillo, están reventadas.
La calle Jerez es la otra arteria afectada. Por ahí pasó la onda expansiva, explican unos agentes del Cuerpo Nacional de Policía. Las persianas están dobladas, cuando no caídas al suelo. La cristalera de un centro de diálisis está hecha añicos. Los Bomberos examinan con la escala el estado de la fachada. Muchos vecinos temían por las conducciones de gas natural.
Con el miedo metido en el cuerpo, los residentes apenas pueden articular palabra al comprobar el alcance de los destrozos. En un bar cercano toman un bocado con lagrimas en los ojos. En la ladera de una colina que mira al cuartel, un grupo de adosados muestra los efectos de la explosión. Son las casas más alejadas, pero hasta aquí han llegado las consecuencias de los cerca de 300 kilos de explosivo. Hay cristales rotos, persianas arrancadas, cachos de una barbacoa por la calle. «No nos ha pasado nada porque Dios no ha querido», reconocen cariacontecidos. De nuevo, dan gracias al cielo. Superado el trauma inicial, completan el formulario entregado por las autoridades para dar cuenta de los destrozos sufridos y poder ser sometidos al peritaje oficial. Como señalan sus papeles, se han convertido en víctimas del terrorismo.
Entre corrillos, algunos vecinos braman contra ETA y exigen castigos ejemplares contra los terroristas en términos muy duros. Otros animan a los demás a participar en las concentraciones convocadas por la tarde para demostrar que no están «asustados». «Hay que ir a la manifestación. Ha estado hablando el arzobispo y ha dicho que todos tenemos que estar. Todas las autoridades lo piden. Hay que estar juntos para que se enteren los terroristas de que no les queremos», clama una mujer.
Pasado el mediodía, numerosos turistas circulan en fila india por las zonas afectadas para ver con sus propios ojos la huella macabra de ETA. Uno se agacha y coge un trozo de lo que parece un chasis y lo entrega a la Policía. «Allí hay un trozo de un 'audi'», informa al agente. Otros toman fotos con sus móviles de los lugares de la barbarie en las zonas acordonadas. Es sorprendente la curiosidad humana ante la muerte. En pantalones cortos en un día soleado, muchos pasean cerca de las fachadas destrozadas y buscan por entre sus grietas señales de la intimidad rota por ETA. Sin ventanas, se ven cristales rotos sobre una cama. La colina les ofrece una buena vista del cuartel, que sigue en pie. Allá abajo está el cráter, de donde emerge un policía.
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