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Merkel refuerza el compromiso de Alemania con el pueblo más devastado por el terremoto y que en 1944 fue víctima de una masacre nazi
09.07.09 -

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La tragedia doble de Onna
Merkel usa un casco durante su visita a Onna. / EFE
A veces la historia tiene giros inesperados, propicia reencuentros impensables, y, ayer en Onna, el pueblecito situado a siete kilometros de L'Aquila, epicentro del terremoto y que simboliza la tragedia del Abruzzo, se cerró un círculo de décadas cuando la canciller alemana, Angela Merkel, se paseó por sus calles derruidas. Alemania se ha comprometido directamente en la reconstrucción de esta pequeña aldea de 250 vecinos donde murieron 41 de ellos y donde es rara la familia que no ha perdido a alguien. Una decena de habitantes la esperaron para regalarle un ramo de girasoles. Merkel parecía sinceramente conmovida.
Este encuentro era algo más que cortesía. En junio de 1944, durante la retirada ante el avance aliado, soldados alemanes encerraron a 17 jóvenes del pueblo en una casa, los ametrallaron y volaron la vivienda con los cadáveres dentro. «Mi visita quiere ser una pequeña señal a favor de un pueblo golpeado en el pasado por Alemania», dijo la canciller. «Sed fuertes, no os abandonaremos», añadió al despedirse, junto al primer ministro italiano, Silvio Berlusconi. Merkel tenía mucho interés personal en esta visita.
En el campamento de los damnificados de Onna, al lado del pueblo reducido a escombros, sigue la vida de la comunidad, pero en tiendas de seis por cinco metros. Cerca de la carpa de la Protección Civil alemana hay un grupo de tres caravanas con un saloncito improvisado entre ellas, cubierto con una lona. Dentro dormitaba ayer en su sofá un hombre de 82 años, vestido con pantalones de pana remangados y una camisa de franela de cuadros. Achille Paolucci tenía 18 años la mañana en que los nazis aparecieron en el pueblo para detener a todos los jóvenes que pillaran. Él escapó por un pelo, al avisarle su padre, y huyó al campo. Su casa fue destruida, como otra decena de viviendas, en la represalia alemana. «Me la derrumbaron entonces y se me derrumbó en el terremoto, las tres casas de la familia. También me salvé por poco, saliendo por el balcón del segundo piso», relata. Mientras lo contaba se le saltaban las lágrimas.
Campamento modélico
La gente del campamento parece más o menos contenta porque parte de un punto de vista particular y muy preciso: están vivos. Pero para Paolucci la historia ya pesa demasiado. Ayer estaba cansado, sin muchas esperanzas en las promesas de los políticos. Durante la visita de Merkel se fue a dar un paseo en bici.
El campamento de Onna es de los más modélicos por sus dimensiones humanas y porque reproduce una comunidad ya existente. En otros, en cambio, cunde el descontento y se sienten abandonados, como clamaba el lema de protesta pintado con letras gigantes en una ladera: «Yes we camp». Pero en Onna tienen suficientes baños y duchas, y una decena de lavadoras. En las tiendas, antena para la televisión, aire acondicionado para el calor sofocante del día y estufas para el frío nocturno de la montaña. Pero en una tienda cabe lo que cabe. En la número 8, de la familia De Felice, son seis y el espacio se lo comen las camas. El ingenio les ha ayudado a organizar rincones para la ropa y ordenar cajas para los enseres. Cada uno personaliza las tiendas como puede, con tiestos, un paragüero en la puerta. Hay una gran carpa comedor donde se sirve desayuno, comida y cena. Ayer, mientras los ocho gobernantes más poderosos de la tierra comían arreglando el mundo, su menú fue arroz con azafrán o pasta y, de segundo, cordero. De postre, sandía. «No nos quejamos, no estamos mal, lo que tenemos ganas es de que nos den nuestras casas», dice Giuseppina De Felice, que perdió a su abuela y a un primo, pero amamanta a Simone, de seis meses.
De momento, les han prometido que en septiembre les entregan las viviendas prefabricadas provisionales, aunque son de dimensiones parecidas, y a partir de ahí los plazos se vuelven oscuros. Nadie sabe cuándo tendrán otra vez su casa. «Si lo piensas, antes vivíamos como pachás, con todo ese espacio y las comodidades», dice la abuela. Lo más incómodo es que se oye todo. El vecino que ronca y el que discute. No hay intimidad sonora. El lujo es tener paredes.
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