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07.07.09 -

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Hay que reconocer que el nombre se las trae: el horno crematorio de la Plaza del Gas. Si cualquier chisme ideado para quemar cadáveres es de por sí antipático, imagínense uno situado en un lugar que tiene que ver con el gas. El efecto es inevitable: durante un segundo la mente se nos va al peor rincón del siglo XX. No quiero ni pensar en la cara que debió de poner el jefe de prensa de Funeraria Bilbaína cuando le informaron de que tenía que vender las bonanzas de abrir un crematorio en la Plaza del Gas.
Como era de esperar, a los vecinos la idea les pareció mal, igual que al jefe de prensa. En parte porque temían que el crematorio fuese contaminante y en parte porque temían que devaluase sus pisos. También, quizá, porque el horno afectaría a su bienestar espiritual. A la gente normal no suele agradarle abrir la ventana y ver una chimenea que deletrea con humo mensajes chungos y admonitorios.
Entre los vecinos descontentos se cuenta el Ayuntamiento. Al fin y al cabo, desde los ventanales del nuevo y acristalado edificio consistorial van a verse muy bien las emisiones luctuosas. En su día, el Ayuntamiento se embarcó en un largo litigio con la empresa funeraria que terminó en 2008, cuando el Tribunal Superior de Justicia pegó un golpe de maza y dijo, más o menos, que adelante con las cremaciones.
Ahora sabemos que el departamento de Medio Ambiente va a ser muy riguroso en el control del crematorio. Es lo que les queda. Las emisiones serán auditadas con severidad de fiscal y paladar de sumiller. La idea es que el horno no expulse cosas demasiado tóxicas, sino algo parecido a inocentes y salubres pompas evidentemente fúnebres. A muchos vecinos este empeño municipal no les hará felices. Ellos ni siquiera quieren que el horno coja temperatura y han recurrido al Parlamento Europeo. Si esto tampoco resulta, quizá terminen acostumbrándose al crematorio. Uno se habitúa a todo y, conociéndonos, en unos años incluso habrá quien se aficione a mirar hacia la chimenea. «Avisa a tu padre y trae las pipas, niño, que mira qué humo más bonito y consistente está dando el señor Gómez». Y por ahí.
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