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El maestro de escuela es el jardinero de la inteligencia» dijo floridamente Victor Hugo. Cuando ni la escuela se llama ya escuela a secas decir 'maestro de escuela' es referirse a un pasado de secano y moscas. La palabra maestro va quedando cada vez más reducida al espacio de los ruedos taurinos. En relación a la enseñanza el término se retrotrae cada vez más al maestro mal pagado del siglo pasado que les descubría el alfabeto a los niños aunque solo por ese descubrimiento no habría dinero en el orbe para pagarlos. Más que toda la leche en polvo de una posguerra valían para el futuro las cuatro reglas indispensables para afrentarse al toro de las sumas y las restas, los cuatro puntos cardinales para saber por donde embiste y la explicación primera del mundo para conocerlo y aprender a torearlo.
El mundo bravo está bufando fuera, en el exterior, tras los muros escolares. Con los pitones sin afeitar. Esperando. Igual que ayer y que mañana. Por eso se entiende actualmente tan bien o mejor de como se pudo entender en su día, una frase de Charles de Gaulle en la que aseveraba que «¡lo más difícil no es salir del Politécnico, es salir de la ordinaria!», o de la Primaria, que viene más o menos a querer significar la suma importancia de una fase elemental de la educación. En este tiempo, deslocalización obliga y no existen fronteras para los que enseñan. Profesores indios proponen escolarizar a alumnos norteamericanos en línea, a través del ciberespacio, chateando en la distancia puesto que la distancia no es ahora el olvido sino memoria y hay que olvidarse de las distancias.
Las distancias, sean para lo que sean, lo que tienen es evidentemente un precio y así entre treinta y cuarenta euros cuesta la sesión de una hora de chat pedagógico entre Bombay o Calcuta y las campiñas de Texas o los Montañas Rocosas. De la misma manera, el alumnado europeo tendrá a su disposición clases de inglés o de español absolutamente 'made in India'.
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