Era uno de los mejores números del dúo Martes y Trece. Millán abordaba, micrófono en mano, en un supermercado a una ama de casa que no era otro que su compañero Josema disfrazado con una peluca y que llevaba en el carrito de la compra una vistosa caja de detergente Gabriel. «Señora -le decía Millán-, ¿qué le parece si yo le doy tres cajas de Gabriel a cambio de la caja de Gabriel que ha comprado usted?». La reacción de la ama de casa era totalmente estúpida: «Mire, es que yo Gabriel no lo cambio por nada del mundo porque me deja muy limpia y reluciente la ropa de mis niños y de mi marido». «Pero, señora -volvía a explicar el pobre vendedor-, si yo no le pido que cambie de detergente sino que le ofrezco tres cajas de Gabriel, el mismo que usted usa...». Al cabo de varios intentos fallidos, Millán pasaba de la desesperación a la congoja y al tono suplicante: «¡Pero, señora, si es lo mismo!». Argumento al cual ella volvía a responder con una frase tan insobornable como absurda: «Es lo mismo, pero no es igual».
Me he acordado de aquel inolvidable sketch de Martes y Trece al toparme con una señora que me dice que 'no se fía' de la bandera constitucional que ahora ondea en el Gorbea ni de la manifestación que convocó Patxi López en Bilbao tras el asesinato de Eduardo Puelles ni del cambio vasco en general que ha sustituido al PNV en el Gobierno de Vitoria. «Lo siento, pero yo no me fío -me insiste muy seria-, a mí no me engaña nadie». Yo entonces me siento como Millán en el papel de vendedor y le digo que entiendo que tenga sus reservas con respecto a Patxi López, pero que el cambio está ahí y es obvio, indiscutible. La manifestación tuvo lugar. No es cuestión de fiarse de ella o no fiarse. Está ahí como la rojigualda en el Gorbea, crispándole a Urkullu. ¿Qué quiere decir con que no se fía de una bandera? La rojigualda es la rojigualda siempre, sea quien sea el que la ondee y tenga las intenciones que tenga. Tanto si son intenciones nobles como si son oscuras, éstas no afectan a los atributos de la enseña ni a su naturaleza. Sus colores no mutan ni palidecen en función de quién se digne a izarla. La rojigualda es como la verdad a la que se refería Machado: «La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero». De la rojigualda no hay que fiarse ni que no fiarse. Una bandera es un objeto inanimado que carece de cualidades morales. Entonces me acuerdo de que en el sketch de Martes y Trece la señora la emprendía a golpes con el vendedor al grito de «es lo mismo, pero no es igual» y empiezo a alejarme a una prudencial distancia de su paraguas.