Cuando los ojos se colocan al borde del manillar dejan de ver. Es el corazón del sprint. El kilómetro final de la primera meta del Tour. La única en la que todos se sienten el mejor. Aún no han sido derrotados. Es el día sin bozales.
Por eso, a 900 metros de Brignoles la curva se saturó de dorsales. Los lanzadores del Columbia, los de Cavendish, hicieron un amago hacia la izquierda. Latigazo. Por ahí no era. Por ahí se iba al parking para los coches. «Ha habido confusión», reconoció Flecha, protector de Freire. Y la duda no cabe en un sprint. Lo disloca. Koldo Fernández de Larrea venía contando las curvas que todavía le quedaban. A rueda de quien quería: de Hushovd. Mirada clavada en el tubular del noruego. Hasta que llegó el bandazo. Y tocó esa rueda. Y se inclinó hacia el error. Al suelo de Brignoles. Otro sprint partido. La mitad del grupo tiró por el desvío para los coches; Cavendish, bien agazapado, echó hacia su primera victoria. El suyo fue un sprint a una sola voz. Potente. Ahora todos ya saben lo que suponían: aquí manda el chico de la Isla de Man.
«Arriba, abajo, derecha, izquierda». En cuatro palabras, Lance Armstrong definió los 187 kilómetros entre Mónaco y Brignoles. Casas doradas, con contraventanas frente al calor. Vinos afrutados. Cerezas, ciruelas, colores fuertes. De aquí son 'Los Girasoles' que pintó Van Gogh. Pero ni un metro plano. Ni una carretera ancha. El col de la Turbie, la escalera que sale de Mónaco, fue el inicio. Cuatro ciclistas (Veikkanen, Dessel, Augé y Clement) cargaron con las cuatro palabras de la etapa: «arriba, abajo, derecha e izquierda». No tenían opción, sólo ganas.
En una vieja abadía de Brignoles ha abierto uno de sus restaurantes Alain Ducasse, el chef de las seis estrellas Michelín. Famoso por sus cocciones a fuego lento. Así se consumió la fuga, a 36 grados sobre la brasa de Provenza. Su consuelo fue que evitaron las caídas. Detrás, el Saxo Bank del líder Cancellara daba sombra a la cabeza del pelotón. Se estaba mejor delante. En la cola, sonaban las caídas.
Es la liturgia del inicio de cada Tour: los gregarios suben y bajan con agua para sus jefes, hay frenazos y acelerones en el arranque de cada repecho o a la salida de cada giro. El miedo tiene sonido de frenazo. Un acto reflejo recorre todas las espaldas. Así se cayeron Frank Schleck, Van de Walle, Bennati y también Igor Antón. La tasa en sangre de Tour. «No es nada», tranquilizó el vizcaíno. Un leve rasguño en el codo. Un susto tremendo.
Y vendrían más para el Euskaltel-Euskadi. Ya en el kilómetro final, el de las miradas afiladas que ni ven. Fernández de Larrea estudia sus llegadas por internet. Corrige fallos. Pule. Pero no salió de esa curva a 900 metros de Brignoles. Acabó con el Tour pintado en el costado izquierdo. Dolor como ruido de fondo. Se cayó por la izquierda. El sprint pedaleaba por la derecha. Freire, justo detrás, frenó. Se salvó y, claro, perdió la etapa. «No sé qué ha pasado. Se me han caído delante», lamentó. Ocasión perdida. Pero aún quedan: «Me viene bien la de Barcelona, que acaba en repecho». Esa respuesta talla a Cavendish. Hasta Freire le da por casi imbatible en un sprint horizontal. Ayer, al menos, lo pareció.
Un sprint masivo
Renshaw, el último trampolín de Cavendish, le dejó lejos. A 300 metros. El chico de Man agarró la parte baja del manillar. Puños. Mofletes rosas. Piernas cortas y compactas. Sangre alborotada en las sienes. Ganó solo un sprint masivo. Sin oposición. Y en la hora de más calor. Hasta eso le da igual al insolente y atrevido velocista de la fría Isla de Man. Llegado desde el Mar de Inglaterra, el lugar de los vientos y las tempestades. Cuenta su director, Holm, que en 2007, antes de partir hacia una etapa de la Vuelta a Gran Bretaña, vio cómo Cavendish miraba llover por la ventana. Tormenta. Entonces, el técnico le dijo: «Va a ser una jornada dura». El chaval, sin apartar los ojos de la lluvia, respondió: «Me encanta este tiempo». Holm recuerda el brillo de aquella mirada.
Man no es para la bicicletas. Cavendish tiene sólo 24 años, cinco etapas ya en el Tour y la Milán-San Remo. Tiene hasta biografía. Ahí va un párrafo: «Para ser ciclista allí hay que se duro y apasionado. Si no, hace demasiado viento, demasiado frío, demasiadas colinas y demasiadas excusas». Aprendió a correr sin ellas. Ni caídas, ni rivales, ni calor... Dijo Contador que había bebido «cinco litros de agua» y añadió Cancellara que la etapa había sido «un horno». Cierto. Cavendish se calienta. Y acaba de empezar.