La sangre se le heló, el corazón pareció detenerse de golpe y una oleada de frío y calor le subió sucesivamente por las mejillas. Alejandro Medina siempre se acordará dónde estaba el día en que Michael Jackson murió, pero sobre todo de la llamada irracional que le puso en el primer avión camino a Los Ángeles, ansioso por recorrer los últimos pasos del ídolo como un alma en pena. ¡Auuuu!
Cuando le encontramos era jueves por la tarde. El cadáver del Rey del Pop llevaba frío una semana, y este mexicano de Monterrey, tres días durmiendo en un coche de alquiler, aparcado en la carretera de Los Olivos. Era uno de los últimos de Neverland, ésos que se resistieron a irse incluso después de que la familia Jackson desmintiese oficialmente que fuera a instalar su capilla ardiente en el rancho de Nunca Jamás. «Por si acaso», insistió. Descalzo y sin duchar, resistiendo a base de bocadillos, pero con la sonrisa pletórica de quien ha sentido una llamada sobrenatural y lo ha tirado todo por la borda para vivir una experiencia religiosa de las que transforman la existencia.
Alejandro ha hecho amigos a los que siempre les unirá más que la sangre. Como María, una española a la que sin haber visto en su vida reconoció de súbito en el metro de Los Ángeles como una seguidora de Michael. Como el resto de los fans, ella también había peregrinado la víspera por la estrella de Jackson en el Paseo de la Fama de Hollywood, la mansión de 100.000 dólares en la que murió el cantante y la casa familiar de El Encino, a una hora de Los Ángeles. Pronto se unió al equipo que entonces formaban Alejandro y su hermana, y terminó por compartir con ellos coche y hotel. «¡Esa sí que es fan!», dijo él con admiración. La mallorquina de 31 años había plantado a su marido y su trabajo para cruzar el charco y derramar lágrimas en el Pacífico con otros seguidores de Michael, como le llaman todos.
Mantiene su apellido en secreto; en el trabajo ha dicho que está enferma. Nunca pensó que aquello se fuera a alargar más de una semana; a ver cómo explica hoy que todavía no está de vuelta. «En casa no hacía más que llorar, no podía comer, ni dormir», relató. «Para mí, Michael era de otro mundo. Ocho veces le vi en directo. Tenía ocho entradas para ir a verlo a Londres...». Ocho días desde que se murió cuando al fin abandona Neverland, donde la familia desea que acaben reposando sus restos.
Bajo una manta de lana con la que guarecerse en la fría noche, le ha desnudado su alma a Alejandro, ahora que su hermana ha vuelto a Monterrey. Ambos habían jurado no moverse de allí hasta que el cielo les enviase una señal incuestionable de cuál será la siguiente parada en su vía crucis: El Staples Center, el último escenario de Jackson. Allí donde ensayaba a toda máquina la víspera de ese incomprensible paro cardiaco. Bum, bum, bum, suena estremecedora la música de su último vídeo, «Sólo os digo una cosa: ¡No nos entendéis», cantaba el Rey del Pop en las imágenes hechas públicas.
Toca volver a Los Ángeles por la carretera de Santa Bárbara que bordea un mar chispeante. Excavada por un desfiladero que sigue los pasos del Camino Real, otra profecía. «El Rey es grande, mira si no lo que ha logrado», revela Alejandro en éxtasis. «Esta mañana nos hemos ido al mercado del pueblo un danés, un estadounidense, la española y yo. Sin conocernos de nada, cuatro países diferentes, todos cantando 'Human Nature' a grito pelado, como si fuéramos amigos de toda la vida. Tal como él quería, el mundo unido por su música, 'We are the world'. Dios es grande, y Michael Jackson también».
«Le han tratado mal»
No todo el mundo vive la muerte del ídolo como una experiencia religiosa. Una decena de españoles que han hecho piña a las puertas de Neverland lleva la marca del resentimiento. Se ve de lejos, cuando pasa la rubia del vestido negro con la bandera de España para dejársela de recuerdo en la puerta y se revuelve con agresividad a la primera pregunta. «¡Y a ti que te importa!». Estos no dan su nombre por despecho, todos los periodistas somos escoria. «¿Alguna vez has leído algo bueno de Michael?», le pregunta a su amiga. «Le han tratado muy mal. Nadie cuenta que entró en el libro de los Guinness como el cantante que más dinero donaba a obras de caridad, ni que ha dejado un 20% de su fortuna a organizaciones benéficas. Y ahora que está muerto, todos contentos. ¿Y por qué no le hicieron saber que le querían cuando estaba con vida?».
En la puerta de Neverland todos quieren dejar constancia de su presencia. Los empleados de la finca no paran de sacar murales en blanco entre bastidores de dos metros de altura en los que los visitantes se dejan el alma en guiños y halagos. Rick Mendoza ha dibujado un sombrero de ala, el suyo, debajo de la palabra 'paparazzi'. Él fue quien filmó cuando la ambulancia lo sacaba de su casa, un chivatazo del hospital donde quería confirmar la muerte de Farrah Fawcett. Él apoya lo que dicen sus fans: «Era mucho más normal de lo que la gente piensa, siempre saludaba, nunca daba una mala contestación».
No es de los que besa el suelo por donde pisaba, como los que imitan a coro sus movimientos. Pantalones de pitillo, calcetines blancos, chamarreta de cuero, sombrero de ala. El uniforme de los 80 está de moda otra vez en el vía crucis de Jackson. Todos prometen cerrar el círculo mañana en el Staples, por mucho que la Policía quiera desmotivarlos. Larga vida al Rey. En Neverland siempre será joven. Elvis Presley nunca pudo imaginarse que la taza del wáter donde le dio un infarto sería visitada anualmente por 700.000 personas. Y si el Graceland de Memphis puede tener semejante magnetismo, a Neverland sólo le hará falta una tumba.
Morbo y magia
California no es Tennessee, «allí puedes enterrar a alguien hasta en el salón de tu casa», sonríe Nancy Black, una periodista local. Pero, como dijo Jermaine Jackson al mostrar la mansión, «el que hace las leyes también puede cambiarlas». No era un guiño para el gobernador Arnold Schwarzenegger -que según diversas fuentes habría accedido gustoso- sino para los políticos locales que ponderan su influencia bajo el peso del cadáver y cruzan en la balanza la paz de la comarca frente a los ingresos que traería. «Santa Ynez no sabe la oportunidad que ha perdido negándose a enterrar a Michael Jackson en Neverland», afirma Black, lapidaria.
Enclavada entre olivos y viñedos, a tres horas al norte de Los Ángeles, el hogar del cantante durante 17 años combina el morbo y la magia con la atracción turística de las bodegas y la costa de Santa Bárbara. La magia de la infancia perdida en el reino de Peter Pan, de donde copió el nombre. Y el morbo de la inocencia rota con unos rincones ensuciados durante el humillante juicio en que se le acusó de abusos sexuales.
Ahora que la prensa ha desnudado Neverland con el permiso de la familia se ha visto, por ejemplo, que la «habitación de juegos secreta» que supuestamente descubrió la Policía al registrar el rancho en 2005 no era más que un compartimento tras el armario. Y el dormitorio del cantante al que se llevaba a sus niños favoritos, una casa de dos plantas y jardín en la que hasta el cuarto de baño compite en tamaños con el salón principal. Sus hijos disfrutaban de tres habitaciones en la planta de arriba con un aula privada en la que daban clases. El tren sigue en la puerta, la noria girando, la casa de cuentos excavada en el árbol.
El millonario que habita el vecino rancho Los Portreros había preparado una fiesta para los fans despechados. Pantallas gigantes, pinchadiscos y concesionarios de alimentación estaban listos para 'la aldea global' en la que invocar el viernes el fantasma de Jackson a las puertas de su tumba, pero las autoridades bloquearon los permisos y amenazaron con detenerlos a todos. Algo sigue rayando la paz de estas tierras, en las que Jackson no quiso volver a poner un pie.