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POLÍTICA

El presidente Miguel Sanz no puede seguir actuando como si el nacionalismo vasco fuera algo ajeno a su comunidad y no la segunda fuerza de su Parlamento
05.07.09 -

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Nafarroa Nafarroa da
La reunión que anteayer mantuvieron el lehendakari Patxi López y el presidente Miguel Sanz fue presentada por sus protagonistas e interpretada por los medios como el inicio de «un tiempo nuevo» en el que las relaciones entre la comunidad autónoma de Euskadi y la comunidad foral de Navarra quedarán, por fin, normalizadas. Aceptemos que tanto la presentación como la interpretación se ajustan a lo que de hecho ocurre y, sobre todo, a lo que se espera que ocurra en el futuro. No cabe duda, en efecto, de que el abrazo entre López y Sanz refleja un ambiente real de normalidad y expresa, a la vez, el deseo de que tal ambiente se prolongue en el tiempo.
Ocurre, sin embargo, que el encuentro, por el mero hecho de presentarse como «el inicio de un tiempo nuevo», implica una referencia al pasado. Ninguno de los dos protagonistas quiso eludirla, aunque cada uno hizo mención de ella a su modo. Así, mientras el vasco se limitó a expresar su «ánimo de no ajustar cuentas con el pasado», el navarro no pudo evitar aludir a ese «alguien (que) pretendía hacer anormal lo que es normal». Naturalmente, aquel con quien el lehendakari López no tiene ningún ánimo de ajustar cuentas y ese alguien que transformaba siempre lo normal en anormal era, cómo no, el nacionalismo vasco.
Ahora bien, esta idea del nacionalismo como único responsable de las anormales relaciones que se han dado en el pasado entre la comunidad autónoma de Euskadi y la foral de Navarra merece, por generalizada que se encuentre y difícil de desarraigar que sea, un par de matizaciones.
No hace falta identificarse con el 'Nafarroa Euskadi da', coreado, por cierto, hace treinta años por ciudadanos de ambos lados de la muga y de adscripción política muy plural, para reconocer que la relación entre ambas comunidades tiene algo de especial. Negarlo instauraría una anormalidad que sería más grave aún que la del reciente pasado y que ninguna propaganda política sería capaz de convertir en normalidad. Basta, sin recurrir a aquellos gritos populares ni caer tampoco en ningún historicismo, con echar un vistazo a los textos legales que hoy regulan la naturaleza de cada una de las dos comunidades y la relación que puede llegar a darse entre ellas. Porque ni la Constitución, ni el Estatuto de Gernika, ni siquiera el Amejoramiento del Fuero pudieron o quisieron zanjar el asunto en beneficio o en perjuicio de una de las dos posiciones que todavía se enfrentan.
Esta ambigüedad objetiva de origen, más que la disposición de los agentes políticos concretos, es la que ha maleado el ambiente en que se han desarrollado las relaciones entre las dos comunidades. Así lo tiene entendido, mejor que nadie, el propio presidente de Navarra, el cual, queriendo aprovecharse de las propuestas de reforma constitucional que se barajaron en la pasada legislatura, volcó todos sus esfuerzos en que se incluyera entre ellas la de la supresión de la disposición transitoria cuarta de la Constitución, que es la que más ha contribuido a dejar abierta la cuestión.
A partir de ahí, el nacionalismo vasco y el fuerismo navarro deberían comenzar a compartir responsabilidades por lo que ha ocurrido desde entonces. Habrá que recordar a este respecto que, si por la derecha fuerista navarra hubiera sido, el difunto Julen Guimón, representante del partido en que entonces militaba Miguel Sanz, no se habría sumado siquiera a la firma del Acuerdo de Ajuria Enea, por contener éste precisamente una mención de Navarra que todos los demás partidos juzgaron más que respetuosa con la legalidad institucional. Y tampoco puede olvidarse que aquel «órgano común permanente» de cooperación, que había sido legítimamente aprobado por los Parlamentos vasco y navarro en tiempos del lehendakari Ardanza y del presidente Otano, fue perseguido con saña hasta su exterminio por quien hoy dirige el Gobierno de Navarra.
Verdad es que, para justificar su actitud, el presidente Sanz ha podido muchas veces apelar a los excesos que han cometido algunos dirigentes del nacionalismo vasco. Pero no es menos cierto que él ha mostrado una animosidad tan enfermiza hacia éste que le ha hecho perder de vista lo que no son sino los legítimos deseos de un buen número de sus propios ciudadanos.
Bienvenido sea, pues, el nuevo tiempo que anteayer se inició con el encuentro entre el lehendakari López y el presidente Sanz. Por razones que tienen más que ver con la oportunidad política que con cualquier otra cosa, Navarra se abre, por fin, a una relación con Euskadi que hasta ahora le había estado vedada. Salen ganando los ciudadanos de ambas comunidades. Sobre todo los de Navarra. El presidente Sanz no puede seguir actuando como si el nacionalismo vasco fuera algo ajeno a su territorio, cuando representa la segunda fuerza de su Parlamento.
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