El día que la popular Arantza Quiroga (Irún, 1973) fue elegida presidenta del Parlamento vasco aseguró que no tenía previsto pasar mucho tiempo en su despacho. Dicho y hecho. Después de tres meses en el cargo, apenas ha podido siquiera transformar su rincón de trabajo en una especie de segundo hogar. Ni fotos familiares, ni cuadros. «No he tenido tiempo», reconoce. Y es que desde el pasado tres de abril ha organizado diez mesas y ha asistido a un centenar de actos. «Una locura», apunta.
-¿Qué balance hace de sus primeros cien días como Presidenta del Parlamento vasco?
-Yo diría que han sido muy intensos. Tengo la sensación de no haber desaprovechado ni un minuto.
-¿Ha reconsiderado la idea de mudarse de Irún a Vitoria?
-Lo cierto es que no. Aquí hay trabajo como para quedarte hasta las doce de la noche, pero hay que saber lo que es urgente y qué puedes dejar para el día siguiente. A partir de las seis de la tarde ya no hay ni funcionarios.
-Hablando de casa, ¿cuántas veces le ha tocado dormir fuera de ella?
-Unas cinco, tengo los extractos. Pero en estas cosas tengo que ser cuidadosa. A mí no me importa dormir pocas horas, pero tengo que pensar en mi equipo de escoltas.
-¿Cómo lleva la seguridad?
-Muy bien porque las personas que están conmigo son unos profesionales. A lo que me ha obligado es a tener que organizarme mejor y a ser mucho más previsora.
-Su primer acto de gran relevancia fue la investidura de Patxi López como lehendakari. ¿Cómo vivió aquel día?
-Estaba como un flan, aunque me ocurrió una cosa muy curiosa. Normalmente los nervios no te permiten disfrutar de un acto, pero esta vez no fue así. Me emocioné y fui consciente de la importancia que tenía lo que estaba ocurriendo. También he de reconocer, a modo de anécdota, que cuando tocaron el aurresku de honor, de los nervios ni siquiera me di cuenta de que no era un txistu, sino un oboe.
-¿Cuántos compromisos le han quedado pendientes?
-Uf, muchos. Por ejemplo, hemos tenido muchas solicitudes del resto de España, pero yo me he puesto como prioridad atender primero todas las del País Vasco.
-Uno de los actos que pudo finalmente tachar de la agenda fue el recibimiento del Rey a la Mesa del Parlamento que, por primera vez, acudió a Madrid al completo.
-Estaba emocionado y muy agradecido por ello. No entramos en temas concretos, estaba más interesado en conocer cómo había empezado nuestro trabajo y si nos llevábamos bien. Fue muy grato y humano.
-Hace dos semanas se enfrentó al momento más duro como presidenta. ¿Cómo vivió el asesinato de Eduardo Puelles?
-Cada vez que pasaba por delante de la escultura dedicada a las víctimas del Parlamento era consciente de que algún día podía pasar algo así. El homenaje de Eduardo era el único acto que no quería celebrar. Cuando me enteré de lo ocurrido me sentí totalmente abatida, pero sabes que tienes que liderar todo. Recuerdo que fui a Basurto con pudor, aunque sabiendo que tienes que estar con ellos. Tuve la suerte de que entraba Mari Mar Blanco y me abrió camino.
-¿Le sorprendió la fortaleza de la familia?
-En el hospital vi a una familia rota que, al día siguiente, supo reponerse. Me sorprendió su capacidad de transformar el dolor en dignidad, serenidad y firmeza para trasladar a todos lo que estaban sintiendo.
-Miles de personas secundaron la manifestación convocada por el lehendakari en repulsa por el atentado. ¿Le gustó el discurso de Patxi López?
-Mucho. El anterior lehendakari no había querido liderar manifestaciones de este tipo desde hace años. Patxi López convocó un acto sin consignas, con la novedad de que se acabaron las coletillas. Antes se condenaba, sí, pero existía esa coletilla sobre el conflicto y el diálogo. Cuando hay un asesinato nos posicionamos y todo lo demás queda relegado. Eso es lo que hizo el lehendakari.
-La unidad y el consenso duró apenas 72 horas. ¿Qué le pareció la reacción del PNV?
-Yo lo decía, esto hay que contarlo por horas y, desgraciadamente, fue así. En cualquier caso, creo que no se ha puesto tanto en duda la unidad como las formas. Era una convocatoria del lehendakari a todos los ciudadanos. No hay que darle más vueltas con el hecho de que si me llamó o no. Yo estoy orgullosa de que por fin haya unidad contra ETA en esta casa.
-Desde el minuto uno tuvo que luchar contra el hecho de que se le comparara con su antecesora, Izaskun Bilbao. ¿Le ha llegado a sobrepasar?
-Cada persona es diferente. Lo que estoy haciendo es mantener aquello que Izaskun Bilbao hizo bien, pero yo soy Arantza Quiroga. Encuentro lógico que se me compare con ella. Eso sí, más allá de eso, no.
-Ha sido objeto de muchas críticas. ¿Siente que no le pasan ni una?
-Pero ni una. Entiendo que el hecho de que el PP ocupe la presidencia del Parlamento es una novedad y, como tal, sea analizada con lupa. Eso supone para mí un esfuerzo mayor para hacer las cosas lo mejor posible. No obstante, creo que las críticas cada vez son menores.
-Esta semana Aralar y EA le recriminaron que recibiera en el Parlamento al delegado de Defensa en Álava, el coronel Miguel García Domaica...
-Yo lo encuadro en la normalidad. Me he propuesto que este Parlamento tenga relación con todas las instituciones del País Vasco. El único veto que voy a tener es hacia aquellos que no sean demócratas.
-Le llegaron a acusar de tener una «obsesión españolizante».
-No sé por qué dicen eso. Yo creo que se ha querido ver de manera torticera, como que yo rendía pleitesía...Y no es así. Hasta ahora había determinadas instituciones con las que no se ha tenido relación. Izaskun Bilbao tenía su ideología y se ha trasladado una imagen concreta. Por ejemplo, me han pasado toda la documentación de la CALRE y en un apartado ponía: «País Vasco, independencia pendiente».
Un café en el bar
-¿No cree que algunos pronunciamientos que ha tenido sobre ciertos temas, como el caso de Álava, corresponden más al portavoz de su partido que a usted como presidenta?
-Creo que he sido respetuosa. Medí mucho mis palabras por el cargo que ocupo, pero eso no me puede invalidar políticamente. Entiendo que mis declaraciones le puedan gustar a unos y a otros no, pero no puedo estar todo el día pendiente de lo que hago porque sino, no haría nada, y quizás sea eso lo que algunos quieren. Tienes que asumir ciertos riesgos. También se me criticó porque quité la comida anual y los desayunos que una firma servía a la Mesa.
-Usted calificó aquella decisión como un gesto de reducir el gasto público en una etapa de crisis.
-Así es. Se han recortado gastos que eran superfluos, pero en otros casos no se escatima. Cuando un funcionario me trae una solicitud para hacer un curso la firmo directamente porque creo que es bueno para el prestigio del Parlamento.
-Si le preguntara sobre si debería o no presentarse una moción de censura contra el PNV en la Diputación alavesa, ¿qué respondería?
-Me remitiría a lo que ha dicho Antonio Basagoiti.
-La polémica surgida a raíz de la entrevista en la que aseguraba que usted no usaría un preservativo le ha seguido acompañando. ¿Prefiere seguir dando la cara a pasar página?
-Yo no hago proselitismo. No soy un símbolo ni un ejemplo de nada, bastante tengo con intentar hacer las cosas bien y dejar un poso positivo en la gente. Yo dejé claro cuál era mi opción de vida, pero de mi vida. No es que tenga que pasar página, sino que dije eso en su día y ya está. Me considero una persona tolerante y sólo pido eso de los demás.
-El día que fue investida reconoció que lo que le daba miedo era perder la perspectiva de la realidad y que, para evitarlo, les pidió a Antonio Basagoiti y a Iñaki Oyarzábal que si veía que se le iba la cabeza le dieran un golpe. ¿Ha tenido ya algún chinchón?
-De momento, no. Además, una cosa que intento seguir haciendo es bajar a la cafetería y relacionarme con todos los parlamentarios. Me cuesta mucho llegar a los plenos y sentarme directamente en la mesa. Te pierdes muchas cosas.