Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |

Sociedad

yacimiento vizcaíno de Axlor

Jean M. Auel, autora de la saga iniciada con 'El clan del oso cavernario', visitó ayer el yacimientovizcaíno de Axlor para documentar su nueva obra

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
Ayla hubiera estado como en casa en Axlor. La joven cromañón protagonista de la saga de novelas prehistóricas 'Los hijos de la Tierra' conoció lugares como éste a lo largo de su ficticia existencia. Y quién sabe, quizá pase por este mismo sitio en su última aventura. La escritora estadounidense Jean M. Auel, autora de 'El clan del oso cavernario' y sus continuaciones, visitó ayer el yacimiento vizcaíno, en cuyas excavaciones se han encontrado restos humanos neandertales. La autora, que ha vendido más de 34 millones de ejemplares y cuyos títulos se han editado en 35 idiomas, dedicará la novela que está preparando, la última de la serie, al ocaso de aquella 'otra Humanidad' que durante milenios convivió con la nuestra. Para documentarse, Auel está recorriendo los principales yacimientos arqueológicos con restos del Paleolítico Medio de toda la Península.
Ayer tocaba visitar Axlor, en Dima, y Lezetxiki, en Mondragón. La autora llegaba de Asturias, donde había pasado por los yacimientos de Sidrón, La Loja y Llonín, entre otros. Antes, había visitado varios yacimientos portugueses y los sitios arqueológicos de Ardales (Málaga), Benzú (Ceuta) y Gorham Cave (Gibraltar). La lista no es exhaustiva, pero ofrece una impresión fidedigna del empeño de Auel por documentarse 'a pie de obra'. «Lo que me falta de fuerza lo tengo de determinación», explica la escritora, una mujer mayor (73 años) aquejada de artrosis en las rodillas. Sin ninguna prisa, poco a poco, la novelista alcanza el yacimiento de Axlor sin mayores dificultades a pesar de lo abrupto del sendero que sirve de acceso. La acompañan su marido, Ray Auel, una amiga de la pareja, Claudine Fisher, y el prehistoriador Lawrence Guy Straus, de la Universidad de Nuevo México.
«Es un sitio precioso -observa Auel parándose frente a la verja que protege el yacimiento para mirar el valle-. ¿Ese es un puente natural?», pregunta señalando al Jentilzubi, un impresionante arco de roca esculpido por el agua que une las dos paredes de la vaguada enfrente de Axlor.
El arqueólogo Jesús González Urquijo, profesor del Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Cantabria y director de las excavaciones de Axlor, hace las veces de guía, acompañado por Lydia Zapata, profesora de Prehistoria de la UPV. José Miguel de Barandiarán descubrió el yacimiento en 1932 y trabajó en él entre 1967 y 1974. «Fue el último yacimiento que excavó. Cuando acabó era muy mayor, tenía 83 años», señala González Urquijo, que ha excavado en el lugar desde 2000.
Restos humanos
El abrigo de Axlor, que en realidad es la boca colmatada de una cueva, fue ocupado por los neandertales durante el Paleolítico Medio, un periodo que convencionalmente se sitúa entre los 135.000 y los 35.000 años BP (del inglés 'Before Present' o Antes del Presente). Los niveles más antiguos excavados con cierta amplitud en Axlor rondan los 60.000 años, aunque se han encontrado indicios de que el lugar estuvo habitado desde mucho antes. El yacimiento ha dado numerosas herramientas de piedra, restos de hogueras y vestigios humanos. Se trata de dientes, tres de ellos unidos a un fragmento de maxilar.
Auel se interesa por los restos de fauna: los neandertales eran cazadores recolectores, dependían de lo que les ofrecía la naturaleza. Varios análisis han demostrado que la mayor parte de su alimento provenía de proteínas de origen animal. «La mayoría de los restos que se encuentran en Axlor son de ciervo. También aparecen el corzo y el jabalí», aclara González Urquijo. Como la cueva fue ocupada durante milenios, «la fauna fue cambiando con el propio clima, que fue enfriándose». Aparecieron los uros y los bisontes. Y también un animal propio de un clima muy frío: el reno. «Las presas pasaron de ser mayoritariamente ciervos en los niveles más antiguos a ser uros, bisontes y caballos en los más recientes».
A la novelista le llama la atención la orientación de Axlor, que se abre al Noroeste. «Pero está bien resguardado por las peñas de enfrente», señala el arqueólogo. La vaguada se abre a un valle más amplio que debió de ser una zona de paso para los animales. «Está muy bien protegido. Es un lugar ideal para la caza, estupendo para organizar cacerías y esperar el paso de las piezas», sugiere Auel.
La escritora no toma notas. Mientras su marido lo fotografía todo, sigue atentamente las explicaciones de González Urquijo, que se transforman en un diálogo arqueológico con las intervenciones de Straus y Zapata. Auel escucha y, cada tanto, pregunta. Inevitablemente surge la cuestión de la relación entre cromañones y neandertales, uno de los ejes temáticos de sus novelas. «¿Hubo contactos en Axlor, influyó algo la llegada de los cromañones en los neandertales que vivían aquí?», inquiere. La respuesta es que todavía no se sabe. «Lo que nosotros detectamos es que la sociedad de los neandertales comenzó a cambiar por sí misma antes de la llegada de los humanos modernos. La sociedad neandertal no era estática sino que seguía su propia evolución. Los últimos 10.000 años de los neandertales fueron muy complejos», responde el arqueólogo.
Para Auel, los neandertales «eran inteligentes, pero con otro tipo de inteligencia». La escritora señala que en Estados Unidos tiene un amigo «que se dedica a elaborar réplicas de útiles prehistoricos. Me suele comentar que las musterienses, las de los neandertales, son realmente complejas».
Antes de dejar el yacimiento, el arqueólogo muestra unas piezas dentales. Son dientes de neandertal encontrados en Axlor. Auel los coge uno a uno, con delicadeza. «¿Qué antigüedad puede tener?», pregunta sosteniendo un premolar. Por lo menos 45.000 años. «¡No quiero que se me caiga de las manos!», bromea. Al coger uno diminuto, exclama: «¡Oh! ¡Es el diente de un niño! ¡Es un niño!».
«Y tanto trabajo para encontrar algo tan diminuto», señala su marido. «Sí, pero algo que cuando aparece dices: ¡hemos encontrado a alguien!», añade ella.
Opina

* campos obligatorios
Listado de comentarios
Vocento
SarenetRSS