U no puede mirar al cielo estrellado y dejarse extasiar, recordar al Pablo Neruda y repetir, «...y tiritan, azules, los astros a lo lejos»», para cada mirón, naturalmente, que, además, es único en el Universo; también puede recordar que esas lucecitas son, en realidad, fórmulas de física y química, que no iluminan nuestros amores, desamores, que se limitan a una lucha titánica por sobrevivir en el pozo oscuro de los agujeros negros, la antimateria y otras zarandajas. Uno puede llegar a conseguir el sueño de ser famoso, rico, cotizado, semidiós, y con ello no calmar la más profunda de las soledades, el más aterrador de los miedos. Ni siquiera cura la estupidez, más bien la acrecienta. Miren, si no, las pantallas.
El dolor del alma no se alivia con morfina; los huecos emocionales flotan sobre borracheras y drogas, como expertos nadadores. Tan sólo la lucidez, a puro huevo, ayuda.
Michael Jackson ha muerto. Otro muñeco roto. Sí, deja una estela de gloria, una vez muerto, claro, como la dejaron otros: incluso unas semanas de primera página. Pero se murió solo, atiborrado de calmantes que en nada aliviaron sus terrores. Y, aunque muchos lamentan su pérdida, otros tantos asisten al drama con la oscura sonrisa de quienes, viviendo por famosos interpuestos, en el fondo desean que se defenestren para no sentirse ellos mismos tan mal. Ya saben, el consuelo aquél de los pobres, alegando que los ricos también lloran. Bueno, sí, pero no es lo mismo consolar el dolor en las Bermudas que a puro pelo y con pensión mínima.
A todos nos compran los mismos dueños: a unos con un caramelo de fama, envenenado, a otros, con la promesa de mantener el puesto de trabajo (bajo ciertas condiciones draconianas, ¡que para eso estamos en crisis!). Y resultamos fáciles de comprar, porque, previamente, nos han quitado la lucidez, nos han abotargado las neuronas y nos han convencido de que la cultura (¡asco, asco!), es algo innecesario, que no te lleva a las pantallas, ni te convierte en rico, famosote ni nada.
Jackson fue de los que quisieron ver las estrellas como diamantes iluminando sus sueños. Le faltó la lucidez de saber que ningún paraíso está más vacío que aquél de la fama. Aunque, en realidad, todos los paraísos están vacíos y nadie nos devuelve lo perdido, sobre todo el tiempo y los amores abandonados.
Morir, nos vamos a morir todos. Con la parca no existen pactos, ni acepta billetes de quinientos euros. Pero prefiero morir como Séneca o Marco Aurelio: mirándola de frente, asegurándole que no se llevará todo cuanto he vivido y arriesgado. ¡Que se quede con los despojos!