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Muere a los 97 años Karl Malden, un virtuoso del cine al que popularizó la televisión en su madurez
02.07.09 -

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Karl Malden, el veteranísimo actor de tantos títulos inolvidables, ha muerto a los 97 años de edad en la ciudad de Los Ángeles. Un comediante curtido en mil batallas cinematográficas, en el teatro y en la televisión, donde brilló con luz propia durante más de 60 años. Nacido en Indiana, pero de origen serbio, sus primeros trabajos en los escenarios teatrales llegaron de la mano del prestigioso director Elia Kazan, en obras que se representaron con enorme éxito en los escenarios de Broadway, repetidos a continuación en las adaptaciones para la gran pantalla, que incluyen títulos del calibre de 'Un tranvía llamado Deseo', 'Baby Doll' y 'La ley del silencio'.
Dotado de una singular intuición interpretativa, lo que le convirtió en un auténtico todoterreno, solicitado por los mejores productores y realizadores de su tiempo, Karl Malden se distinguió asimismo por saltar de un género a otro con habilidad de virtuosos. Ahí están para demostrarlo 'westerns' de la categoría de 'El rostro impenetrable', a las órdenes aquí de su mejor amigo Marlon Brando, 'El gran combate', dirigido en esta ocasión por un maestro: John Ford, o 'Nevada Smith', de Henry Hathaway. Sin olvidar sus dramáticas aportaciones a 'Pasión bajo la niebla', 'Yo confieso' (bajo la batuta de Afred Hitchcock'), 'El rey del juego', 'El árbol del ahorcado' o 'El hombre de Alcatraz', entre muchas otras.
Un artista que, con tantos otros, acabó su periplo creativo en la televisión, donde dio vida a personajes de toda condición, sobre todo por lo que respecta a la famosa serie televisiva 'Las calles de San Francisco', donde encarnaba a un honesto policía, escoltado por Michael Douglas. Esa facilidad camaleónica para interpretar los papeles más diversos labraron su fama, reconocida por todos. Desde luego, Karl Malden fue uno de esos actores de raza, nacido para interpretar personajes de villano, por muy insulsos que fueran los guiones que llegaban a sus manos o el talento de algunos de los directores que solicitaron sus servicios.
Con un físico imponente, afeitado o con barba, las cejas fruncidas, los párpados semicerrados, una mano separada del cuerpo, presto a diculpar o rebatir. Dotado de una espléndida nariz, demasiado grande para los productores de Hollywood, lo que le impidó compartir escenas amorosas con algunas de las más rutilantes estrellas de la Meca del cine, Karl Malden no se arredraba ante nada y ante nadie. Y la crispación de su mandíbula evocaba inevitablemente el rictus de un cadáver sonriente, la expresión postrera de un hombe que muere con la sonrisa en los labios. Porque Malden hacía lo que hacía mejor que nadie. Podía interpretar durante más tiempo que ninguno sin abrir la boca. Sabía amenazar como nadie y fue un antihéroe moderno, pero su moral era clásica y su poder de sugestión permanecerán para siempre, más allá del paso del tiempo y del cambio del contorno.
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