Los tanques volvieron a tomar ayer las calles de Bagdad, pero en esta ocasión fueron recibidos por bandas de música, jóvenes bailando y miles de personas ondeando banderas iraquíes en una jornada declarada Día de la Soberanía Nacional. Seis años y tres meses después de que el ex presidente George W. Bush ordenara la segunda invasión del país árabe en marzo de 2003, Estados Unidos devolvió el control de la capital y del resto de las ciudades al Ejército local.
Consciente de la importancia del momento, el Gobierno de Nuri al-Maliki buscó un masivo respaldo a lo que denominó «una gran victoria nacional», si bien muchos se abstuvieron de salir a la calle por miedo a la violencia que en los últimos días ha resurgido en diferentes partes del país. Ayer mismo, 26 personas murieron y centenares resultaron heridas en Kirkuk después de que un coche bomba estallara en un abarrotado mercado. Al mismo tiempo, cuatro soldados norteamericanos perdían la vida en la capital víctimas de otra acción violenta, lo que se convirtió en un triste muestra de lo que puede avecinarse. Kirkuk está siendo especialmente golpeada, al igual que el distrito chií de Ciudad Sadr, en Bagdad, donde se han registrado más de doscientos muertos y varios cientos heridos en la última semana.
Aunque nadie se atreve a vaticinar lo que pueda suceder en los próximos meses, el repliegue de las tropas de combate del Pentágono sirve de entrada para disolver la idea de que EE UU sigue en guerra contra Irak. En cualquier caso, habrá que esperar hasta 2011 para ver el final de la ocupación cuando los 133.000 soldados estadounidenses destacados en el país árabe hayan completado su retirada, según el acuerdo suscrito por Washington y Bagdad el pasado noviembre.
Un portavoz del Pentágono aseguró ayer que se había ordenado el cierre o devolución del control a las autoridades locales de 120 bases e instalaciones y entregó otras 30 de mayor importancia estratégica a última hora de ayer. Ante la envergadura de esta transmisión de poder, tropas de EE UU temen que a partir de ahora queden más expuestos a las acciones violentas porque, según la nueva organización de mando, los militares de Irak tendrán una autoridad sin precedentes en las operaciones estadounidenses. Los comandantes norteamericanos, que habían tejido un complejo entramado para defender a sus unidades de cualquier eventualidad, tendrán que confiar todos los trabajos de protección en los próximos meses en sus camaradas iraquíes.
Temor indisimulado
«Todavía tenemos que afrontar muchos peligros», admitió el general Ray Odierno, comandante de las tropas estadounidenses, a la vez que destacó que «hay personas que no están interesadas en que el Gobierno de Irak triunfe». Odierno acusó a Irán de continuar entrenando y apoyando económicamente a grupos que llevan a cabo atentados si bien descartó la idea de que las previsibles acciones de los enemigos de EE UU vayan a alterar las condiciones del acuerdo de retirada acordado con el Gobierno Al-Maliki.
Las autoridades iraquíes se mostraron optimistas en los desfiles militares del Ejército que acompañaron el repliegue de las tropas de EE UU. «Nuestra soberanía incompleta y la presencia de tropas extranjeras es la herencia más fuerte que nos ha dejado Sadam Hussein. Quienes piensan que los iraquíes son incapaces de defender a su país están equivocados», declaró el primer ministro.
A las 12 de la noche de ayer, los soldados estadounidenses completaron su salida de los centros urbanos y se desplazaron a otras bases rurales. Aunque desde enero se han cerrado 150 bases norteamericanas en el país del golfo Pérsico, aún quedan alrededor de 300.