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Álava

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En la Escuela de Artes y Oficios se cocina desde hace 235 años lo más creativo de la vida de Vitoria
07.06.09 -

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«Cuando los ilustrados alaveses del siglo XVIII quisieron hacer la revolución crearon una academia de dibujo. Entendieron que el futuro era formar a la gente». El arquitecto José Luis Azkarate, alumno de la Escuela de Artes y Oficios, resume con una frase la importancia de una institución que cumplirá en setiembre 235 años. Se dice pronto. Pero entonces los Estados Unidos no habían proclamado su independencia todavía y Goya bien pudo asistir a las clases que se daban en la sede de la Sociedad Bascongada de Amigos del País, en el palacio Escoriaza Esquível.
El olor a madera y a libros antiguos que mana de la biblioteca, impulsada por Heraclio Fournier, transporta al visitante a un río de recuerdos. Manuel Iradier, Fernando de Amárica, Díaz de Olano, Ortiz de Elguea, Koko Rico, Juncal Ballestín, Iñaki Cerrajería, Daniel Castillejo, Txaro Arrazola, Rafael Lafuente, Modesto Lomba.... Los grandes fueron alumnos y algunos, profesores, de la venerable institución. Siempre fue vanguardia. El primer desnudo de un modelo para las clases de pintura con el consiguiente escándalo, las primeras clases de 'vascuence', el diseño gráfico por ordenador, talleres de gremios. Allí donde surgía una necesidad cultural, la escuela abría un ventana. Pertenecer a su junta directiva fue una honra entre los patricios alaveses. La propia sede actual construida entre 1919 y 1923 evoca en su estructura esa grandeza del pasado.
Santos de escayola
Pero si hay algo que sorprende cuando se entra al edificio, además de chocarse de bruces con las esculturas en escayola de los santos a tamaño natural de Fernández de Viana, es la vida que brota de las paredes, las aulas, del paraninfo, de los cuadros, de los murales, de las obras de los alumnos expuestas por doquier como en una sala interminable. Es el triunfo del arte anónimo, sin firmas conocidas, de alumnos ansiosos de aprender que no vienen a por títulos, sino a sentir la experiencia del arte.
«¿Qué sería de 'Las Meninas' de Velázquez sin espectadores?». Es la pregunta retórica que se hace el director de la escuela José Ignacio Martínez de Arbulo para explicar la filosofía que se intenta impregnar desde el cambio de orientación en 1996, cuando se prescindió de las enseñanzas industriales: «Hacen falta artistas que vean las obras de los otros y disfruten de ellas. Nosotros hacemos esos aficionados de calidad al arte porque aquí no se reparten títulos. El que viene lo hace porque quiere aprender y tenemos que ganarlo cada día», explica José Ignacio con más de 20 años de experiencia como profesor. De las primeras 250 matriculaciones en 1996 se ha pasado a más de 900 este último curso. «Tenemos listas de espera en algunos cursos y a veces falta espacio material», proclama. El éxito aprieta.
Hay un sitio para Don Quijote en cada rincón de la escuela, pero especialmente en la clase de arte textil. La decana, Puy Díaz de Tuesta, habla de escribir una carta con el hilo del sisal y construir mundos nuevos, a base de dar puntadas en el aire. Sus alumnas tejen con esparto. Los colores, las texturas de los materiales naturales, la decenas de obras que cuelgan de las paredes, maravillosas, sorprendentes, le dan al lugar un calor especial, apto para la charla y la confianza. «Con el hilo se hacen cobijos. La araña teje su tela, el pájaro, su nido. El hombre una prenda para su cabeza, la mujer, un vestido», dice con lenguaje de poeta.
«La edad no importa»
«La profesora -Mila Bretón- es excepcional», subraya el arquitecto foral José Luis Catón, pintor que ha expuesto y uno de los hombres que han dejado más huella con su obra en el urbanismo de Vitoria. Ahí está, en la clase de dibujo al natural, frente a una modelo desnuda, como uno más. «Tengo 60 años pero la edad no importa para mejorar. Era una carencia y aquí estoy tratando de aprender. Todos los grandes fueron buenos dibujantes del cuerpo humano», explica.
También José Cantabrana, de 83 años, calefactor y fontanero jubilado, demuestra que la edad es un accidente «mientras uno tenga fuerzas». Lleva 7 años en la escuela, feliz como al principio, con un cuadro en la cabeza. «Me despierto y voy corriendo al caballete porque se me había olvidado un trazo».
En cerámica, Nicolás Derre, que acaba de terminar el curso de ciencias de primero de Bachillerato se afana con una vasija. Tiene 16 años pero está integrado en un grupo de muchas edades. «Siempre me han gustado las manualidades. Es mi primer año y el ambiente es excelente». Tsuneko Honda es japonesa, con 20 años en España. Es responsable de los proyectos. Crear ideas y armonizar el trabajo de un equipo es su fuerte. Lo llaman neorrealismo virtual y trata de pintar sobre una pared su propia clase y crear sensación de fondo. Un trabajo arduo, pero son artistas.
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