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19.05.09 -

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Las radios y periódicos nos dicen que Mario Benedetti ha muerto. No ha muerto, que pongo su cedé en el ordenador y comienzo a escuchar su voz. Lo tengo ahí, junto a mí, hablándome. Siento sus matices, sus cadencias y palpo su respirar cansino. El escucharlo me produce una reacción extraña, el saber que se ha ido y el tenerlo tan vivo y tan presente eternizado en sus versos.
Nos quedan los escritos, y ahora la voz, de los buenos poetas. Sus restos irán aventados al olvido, pero su obra queda para siempre, se inmortaliza. Pasan los mediocres, los arribistas, los que desprecian a los demás por creerse que ellos son algo. No pasa la voz del poeta insuflando versos llenos de humana sencillez. Qué lejos de los discursos de mal agüero, de politiquería interesada, del famoseo de cuatro días, del papel cuché de actualidad efímera.
Los versos de Mario Benedetti se escuchan eternizados dando valor a lo sencillo, a lo auténtico. Sus cadencias van cayendo en una musicalidad que se aleja del autobombo de ciertos poetas, de narcisos de los versos. Es la admirable sencillez de los grandes creadores, de los que dan valor a lo auténtico, no a la hojarasca. Benedetti llega dentro porque nos habla de utopías posibles, de sueños cercanos a los de abajo, de cantos de juventud, de esperanzas posibles.
Hombre comprometido con su momento, con su gente, siempre fiel a sí mismo, siempre elevando el verso a base de hacerlo humano. Huye de estructuras rebuscadas y encorsetadas, de alturas de olimpo, para acercarse al sencillo deambular de los mortales en los sentimientos del caminar de cada día. Son versos muy naturales, con aires romanceados, como de andar por casa, donde nos encontramos todos. Por eso llegan muy dentro. Hay que ver la sencillez con la que escriben los genios.
Apago el ordenador y, aunque no lo oigo, su voz sigue grabada en sus textos. Su lectura, lejos de sonar muerta y lejana, es un fluir de vida, ahora que la suya se acaba. Y le escucho: «ayer llegó el otoño/el sol de otoño/y me fui feliz/como hace mucho/qué linda estás/te quiero/en mi sueño/de noche/se escuchan las bocinas/el viento sobre el mar/y sin embargo aquello/también es silencio/mírame a mí/te quiero» ('El amor, las mujeres y la vida', 21ª edición, 2007).
De nuevo entro en el ordenador, investigo, rebusco y descubro decenas de poemas con su texto y su voz... De nuevo nos habla: «Pero hoy me siento apenas/como laguna insomne/con un embarcadero/ya sin embarcaciones/una laguna verde/inmóvil y paciente/conforme con sus algas/sus musgos y sus peces,/sereno en mi confianza/confiando en que una tarde/te acerques y te mires,/te mires al mirarme».
Y para terminar, nada mejor que señalar la cita que abre su libro, tomada de Schopenhauer: «El amor es la compensación de la muerte; su correlativo esencial».
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