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Cultura

19.05.09 -

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Muchos de los poemas a los que empecé a poner música de adolescente, como en un juego, eran de Mario Benedetti. Puede decirse que descubrí la poesía de su mano, en los libros que encontraba por casa; luego fue quien me aproximó a la realidad latinoamericana a través del testimonio comprometido de sus versos, antes de que yo llegara a conocerla por mí mismo. Después de tanto leerle, coincidí en una ocasión con él en un vuelo a Buenos Aires.
Iba sentado unos asientos por detrás de mí y yo, que soy muy tímido normalmente y más si se trata de alguien a quien admiro, tardé horas en levantarme y acercarme a él con un libro de poemas en la mano. El libro no era de él, era del autor mexicano Jaime Sabines, pero me lo dedicó y hoy lo guardo como un tesoro.
Es sorprendente cómo ha logrado Benedetti mantener siempre su conexión con los lectores más jóvenes. Yo creo que es por su forma de hacer poesía, de decirla, algo que también está presente en sus novelas y que le ha permitido, al tiempo, ser percibido por los cantautores como alguien muy cercano. Quizá por la estructura de sus versos, que tiene mucho de musical, pero sobre todo por sus contenidos, en los que ninguna palabra quedaba excluida de los poemas porque todas tenían para él una dimensión poética.
Desde la poesía de la experiencia, ha otorgado a lo cotidiano, como decía Pessoa, el misterio de lo desconocido. Logró dar trascendencia a los hechos más domésticos, abriéndonos los ojos hacia ellos. Es posible que los uruguayos sean los latinoamericanos más sensibles hacia lo que ha significado el exilio y también el 'desexilio' del que hablaba Benedetti, el de la vuelta a su país.
Esos acontecimientos traumáticos están en su obra, que es la de un referente literario y humano, coherente moral e ideológicamente. En un tiempo tan dado al desencanto y la decepción, la voz honesta de Benedetti era imprescindible. Por eso nos ha dejado un poco huérfanos a todos, aunque su poesía conserve una vigencia absoluta.
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