E xigente encierro de Fuente Ymbro. Encastado, duro de manos, de asfixiante acometividad, dispar entrega y noble. Con sus lógicos defectos. Vicios que, según los casos, fueron a más por la falta de recursos técnicos de la terna de novilleros.
En primer lugar se lidió un utrero de evidente y franca bravura. Sacó a relucir, él solito, su voluntad de tomar los engaños por abajo y perseguirlos hasta el final. Javier Cortés aguantó con firmeza el torrente de prontas, enclasadas y profundas embestidas. Logró imponer estructura a un trasteo, de menos a más, compuesto por ligadas series de muletazos, empapados y académicamente trazados. Más ceñidos y hondos con la mano izquierda. La mejor de las tandas fue la última serie de naturales. Progresivamente más asentado y templado, encajado de riñones, Cortés rebozó la muleta de la ferrosa arena bilbaína. A pesar de la baja colocación de la espada, el respetable solicitó mayoritariamente un trofeo.
En segundo lugar se corrió un novillo encastado, con la clase justa y un molesto punto de aspereza que exigió sitio por delante. No siempre se lo otorgó Juan Carlos Rey, empecinado una y otra vez en no perder pasos tras rematar cada muletazo. A pesar de ceñirse los pitones a la barriga, de regular la longitud de los muletazos y de soltar las arrancadas con inusitada facilidad, el novillero madrileño tendió a amontonarse.
El primero del lote de Patrick Oliver fue un animal que demandó un sobreesfuerzo. Sucedió que el de Fuente Ymbro vendió caras sus bravas y pesadas arrancadas. Remiso y un pelín tardo, el utrero exigió que el novillero le obligara y condujera hasta el final. Cuando Oliver lo hizo, el novillo respondió humillado, con profundidad y transmisión. En una labor sin hilo conductor y discontinua, Oliver mostró evidentes lagunas y no pocas virtudes: valor seco a raudales, exacto sentido de la colocación y la firme intención de hacer un toreo reunido, acompasado y de mano baja.
Completó el lote de Javier Cortés un bonito jabonero que de salida se movió a su aire e hizo sonar el estribo en varas. Pegajoso e incómodo, el 'fuenteymbro' repuso las arrancadas por el lado izquierdo impidiendo la anhelada ligazón. Lejos de trazar los muletazos en la línea recta y de alargar las embestidas un poquito más allá, Cortés tendió a meterse al novillo para los adentros, agudizando su fatigosa intención de acometer. Con la mano derecha, en redondo, el madrileño compuso dos meritorias tandas de pases bien aguantados, empapados, hondos y engarzados en un palmo de terreno.
El quinto lo quiso todo por abajo. Bravo en varas y exigente a más no poder durante el último tercio de la lidia, demandó, básicamente por el pitón izquierdo, firmeza, mano baja y claridad de ideas. Topado en exceso, desarmado y falto de recursos, Juan Carlos Rey a punto estuvo de perder los papeles.
Cerró plaza un utrero un pelín manso que no quiso que le atosigaran en exceso y que abrió las embestidas a placer. Terminó rajándose sin hacer un mal gesto, casi disculpándose. Frente a él, Oliver pecó de bisoño. Aunque, cuando le vino en gana fue capaz de rematar los muletazos por debajo de la pala del pitón, por intentar que el toro no acabara huyendo a tablas, el francés quiso dar aire al novillo en la media altura, propiciando inoportunos enganchones. La próxima ocasión se impondrá de principio a fin. Y si el toro no aguanta será problema exclusivo del ganadero.