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L os tres primeros toros de Los Recitales fueron de notable condición. En el tipo clásico de Osborne: buena y afilada armadura, cortas manos, bajos de agujas, cajas carnosas. Picado al relance y con prisa, el primero se empotró en el caballo con bravo estilo en una primera vara y empujó con fijeza en una segunda. Algo frágil, pero toro pronto.
El segundo, que estaba con todo de pura viveza pero no de distraído, se dolió en banderillas. Falsa alarma. De los tres buenos toros de línea Osborne, el más completo fue seguramente el tercero, acogido con un coro menor de miaus. Les parecería poco toro a los del coro. Tenía sus dos velas y el prototipo de su estirpe. Se empleó de verdad en dos excelentes puyazos del gran Francisco Martín y rompió en la muleta sin hacerse esperar. Los miaus del primer coro se resolvieron a la hora del arrastre en una ovación cerrada. La hubo también para el segundo.
Ni Curro Díaz ni Iván Vicente ni Ambel Posada terminaron de acoplarse con esos primeros toros de lote. El viento inevitable castigó a Curro y a Ambel. Lo suficiente para molestar. Por fuera Curro Díaz en una faena más de dibujar que de poder, como le es tan propio. Si desplazaba al toro, se le iba. Como lo esperaba con la muleta escondida, el toro la tropezó por sistema. Y cuando Curro se puso por la mano buena del toro, la izquierda, dócil y pastueña, ya quedaba en realidad muy poco toro.
Iván Vicente le pegó muchos tirones al segundo y, cuando no, lo violentaba con pases veloces en embroques precipitados. Faltó serenidad. Dos pinchazos, una estocada atravesada, dos descabellos, dos avisos. Al cobrar la estocada se hirió Iván en una mano. Ambel le hizo al segundo un breve y lindo quite a la verónica, pero no se animó con el suyo. Muy bonita una apertura de faena de rancio clasicismo. Muletazos de horma y, tras ellos, una tanda en redondo, y otra enseguida, bellamente abrochadas las dos. Frágil el encaje del torero, que estaba más por acariciar el toro que por someterlo. Se le cayó la muleta, sujetada con las yemas, y de pronto se torció el viaje: viento que lo descubría, y Ambel que no pegaba el paso adelante que reclamaba ya entregado pero con su bravo aire el toro. A menos todo. Dos pinchazos, una estocada.
La segunda parte de corrida no fue la misma. El cuarto no salió en Osborne sino en Juan Pedro, las manos por delante, medias embestidas, más de un cabezazo. Curro Díaz saboreó las mieles de ser torero consentido de Madrid: no hubo muletazo compuesto que no tuviera su eco y su jaleo. Decidido de verdad el torero de Linares, bien colocado, tragón con los viajes cortos del toro. Faltó redondear una tanda. Fue, por lo demás, tarde infausta con la espada.
Completaba corrida, de quinto, un toro de Fernando Peña, entre aleonado y abufalado, serioNo descolgó, pero se movió. La cara alta, pero fijeza. No lo llevó Iván Vicente metido en la muleta. Repuso el toro por la izquierda. No cobró vuelo la cosa. Toda al aire del toro. Y el toro a su aire.
El sexto eran dos agujas en movimiento. Con sus gotas de genio, el toro embistió a la defensiva. Pegó muchos gaitazos. Brindó al público Posada y luego vino, en contraste de la calma de antes, un arrebato. Protestó el toro, que derrotó y punteó por falta de fuerzas. No sería del cupo de Osborne, la reserva cara de la ganadería, que debutaba en San Isidro.
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