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Canciones de primavera
JESÚS FERRERO
A l caer el telón tras el mitin del G-20 en el gran teatro de Londres, una ovación protocolaria selló los pactos alcanzados por los máximos dignatarios del club para combatir la enfermedad pandémica del planeta. Los paraísos fiscales se someterían a un progresivo cerco y vigilancia; los reguladores debían despertar de una vez promulgando normas, colocando bridas a un sector desbocado llamado a revivir tras un coma aparentemente reversible; y las arcas del Fondo Monetario Internacional debían llenarse de dólares hasta sumar un billón, para su aplicación beligerante allí donde fuera oportuno.
En relación a este último punto, una vez sentadas las bases y firmados los protocolos, banqueros centrales y ministros de finanzas quedaban al cargo de los detalles. Se abría el camino para volcar fantásticas ayudas supletorias y acabar de extinguir el incendio mundial, evitando paralelamente la aparición de nuevos focos. Ese era el objetivo de las reuniones de primavera del FMI.
Del 24 al 26 de abril pasado, la sede del Fondo, situada en el 'downtown' de Washington, ha abierto una vez más la sala de asambleas, un ensueño de paneles de oro reflejados en una gigantesca pantalla digital, para acoger la primera de sus dos reuniones anuales estatutarias.
La euforia de Londres, cuatro semanas atrás, se ha desvanecido con la tensión percibida en los pasillos de la sede de la institución multilateral. Los 'pequeños detalles' han dado paso a la indefinición y al inmovilismo. Y a decir verdad, los titulares que han encabezado las crónicas de la reunión se han correspondido pobremente con la realidad de lo acontecido.
En teoría, además del colosal refuerzo de su capacidad financiera, bajo el legado del G-20, el FMI se instalaría en un orden mundial reformado; otorgaría nuevo peso a poderes emergentes; ejercería de banquero global emitiendo su propia moneda, inyectando liquidez a los mercados y rompiendo el monopolio de la FED o del BCE. De esta manera, Washington pasaría a ser la capital del poder financiero global, como Nueva York lo es de la diplomacia al albergar la sede de Naciones Unidas. Además, junto al consejo de estabilidad financiera, debe acometer la reforma del marco prudencial y regulatorio. Incluso se ha postulado que el próximo director general, tradicionalmente un europeo, provenga de un país en desarrollo. En suma: una nueva versión 'FMI 2.0'. Una institución revivida, un cambio tectónico en el equilibrio financiero global.
Pero es sabido que una cosa es predicar y otra dar trigo. Las reuniones han concluido sin ningún acuerdo ejecutivo. El comité financiero, un órgano consultivo, ha apoyado la captación de hasta 250 millardos en el marco de los 'Nuevos acuerdos de Préstamos', un sistema a través del cual 26 países del Fondo conceden a éste líneas de crédito a tipo de interés preferencial. Los pormenores de la ampliación del acuerdo vigente y sus condicionalidades son desconocidas. El comité ha agradecido el préstamo de 100 millardos otorgado por Japón, el único compromiso firme que se incluye en el nuevo paquete a pesar de haberse firmado en enero.
Obama precisa la autorización del Congreso para conceder los 100 millardos comprometidos. Gordon Brown aseguró que China estaba dispuesta a prestar 40 millardos, pero China habla de reformas de gobernanza. Algo similar sucede con Arabia Saudí y con Brasil. Quieren saber cuál es la oferta del FMI. Los países emergentes que se hallan en liquidez no van a financiar al Fondo sin conocer antes qué pasará con su representación en los órganos decisorios del alto organismo. En Bombay el argumento es idéntico: 'liquidez a cambio de voz'. Para Guido Mantenga, ministro de finanzas de Brasil, «el FMI se ha arrepentido de la mayoría de sus pecados pasados, pero aún tiene que enfrentarse al pecado original: su déficit democrático».
Mientras tanto, el Sur silencia. En el año 2000, la Asamblea de Naciones Unidas acordaba los 'Objetivos de Desarrollo del Milenio', ocho retos básicos para alcanzar en 2015 tales como la reducción a la mitad de la pobreza y el hambre, el empoderamiento de la mujer y la mejora de su condición maternal, el combate de las enfermedades endémicas o la reducción sustancial de la mortalidad infantil .
Más allá del ecuador del plazo fijado, el balance no invita al optimismo: 1.200 millones de personas pasan hambre en el mundo y desafían diariamente a la muerte con menos de un euro de presupuesto. La próxima reunión del G-20 no llegará hasta finales de año.
El G-20 decidió que las arcas del FMI se llenaran, pero la última reunión ha demostrado que es más fácil predicar que dar trigo
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