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E 7 de octubre de 1936, a las seis y veinte de la tarde, José Antonio Aguirre, acompañado del gobernador civil de Vizcaya, Echevarría Novoa, y de todos los asistentes al acto, se trasladó al histórico árbol de Gernika, junto al cual se había colocado un estrado. Reconocida por todos la enorme solemnidad del momento, se hizo un silencio absoluto tras el cual el presidente electo juró su cargo, en euskera y en castellano, con las siguientes palabras, tal y como quedaron recogidas por el enviado de 'El Noticiero Bilbaíno': «Ante Dios humillado, sobre la tierra vasca en pie y bajo el roble de Vizcaya y en el recuerdo de mis antepasados, juro cumplir mi mandato con entera fidelidad».
Así se convertía en el primer lehendakari de la historia. Una vez más, el roble de Gernika había cumplido su inmóvil papel de ser testigo mudo de un juramento, de un compromiso de respeto hacia todo lo que él mismo representaba, aunque aquel año de 1936 el viejo árbol no fuera más que el digno recuerdo de un pasado a través del cual señores y reyes acudieron bajo su sombra a jurar respeto por un conjunto de costumbres y usos recogidos en lo que se conoció como Fuero de Vizcaya. De alguna manera, José Antonio Aguirre recuperó parte de ese pasado -«en el recuerdo de mis antepasados»-, aunque, en verdad, lo que él juró aquella tarde de otoño de 1936 tenía que ver mucho más con su presente inmediato que con un pasado convertido ya en historia.
La Casa de Juntas y el árbol de Gernika constituían el lugar donde acudían a jurar los fueros los señores de Vizcaya. Según establecía el propio fuero, el señor debía ir a Gernika y «so el Arbol de ella donde se acostumbran hacer las Juntas de Vizcaya ha de jurar y confirmar todas las libertades y privilegios y franquezas y Fueros y usos y costumbres que los dichos vizcaínos han y tienen». Esta era la costumbre. Un acto obligado que se cumplió hasta el siglo XV, más en concreto, hasta el 7 de septiembre de 1483, día en el que acudió a Gernika a jurar los fueros vizcaínos la reina Isabel de Castilla. Aunque, para ser exactos, el último 'rey', sin reconocimiento alguno excepto para sus seguidores, que se acercó a prestar juramento bajo el roble de Gernika fue Carlos VII, líder del carlismo. Lo hizo en 1875, cuando el País Vasco era el teatro de operaciones principal de la segunda guerra carlista.
La tradición del juramento foral se basaba, principalmente, en el reconocimiento mutuo. La propia naturaleza del fuero implicaba un origen consuetudinario que se identificaba con los usos y costumbres de un territorio determinado. Este conjunto se elevó a rango de ley por su efectividad y, sobre todo, por el principio del pacto establecido entre la autoridad señorial, y posteriormente real, enmarcado todo ello en los principios legitimadores existentes en la Edad Media.
De ahí que tanto los señores como los reyes que acudieron bajo el árbol de Gernika a jurar los fueros lo hicieran siempre dentro de esa consideración, es decir, la del mantenimiento del pacto. Ambos actores se reconocían dentro de su autoridad. De ahí que el rey se comprometiera a respetar libertades, privilegio, franquicias, usos y costumbres; y las Juntas, por su parte, lo admitían a él como rey y señor.
Evidentemente, y aunque en el juramento actual existe cierto sentido de pacto entre el lehendakari electo y la ley que se compromete a cumplir y respetar, aquél no implica ya que sea la autoridad entrante la depositaria de cierto poder de ruptura del mismo, ya que tanto el cargo como la ley que jura han sido dados y refrendados por la soberanía popular. De ahí que, muy posiblemente, aquellos que escribieron el juramento pronunciado por José Antonio Aguirre en 1936 diseñaron una fórmula de respeto y evocación al pasado -«en recuerdo de mis antepasados»- que era más un acto de cortesía y reconocimiento a la Historia, que una manera de recuperar antiguas lealtades y pactos.
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