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Economía

ANÁLISIS

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L a Reserva Federal americana y el Banco Central Europeo llevan meses insistiendo en la práctica de la misma política de relajación monetaria. La diferencia no se encuentra en la dirección seguida, sino en el ritmo de las bajadas. Los americanos han ido más lejos y más rápido y llevan ya desde finales del año pasado con los tipos de interés prácticamente en niveles cero. Por su parte, ayer el BCE decidió bajarlos hasta el 1% y acompañar el movimiento con la promesa de más dinero y a manos llenas. ¿Es suficiente esta decisión para estimular la actividad, en la medida necesaria para salir de la crisis? Pienso que sí. Las críticas las podemos hacer a la velocidad del descenso, que quizás ha sido demasiado timorata, pero no al largo tramo recorrido desde que empezó el proceso en julio de 2008, cuando los tipos se situaban en el 4,25%.
Ya hemos comentado alguna vez lo curioso que resulta el hecho de que estemos aplicando al enfermo -ahora como remedio- el mismo componente activo que le provocó antes la enfermedad. En efecto, en buena medida, nuestras cuitas proceden de un exceso de liquidez que nos nubló la mente y nos condujo hacia la locura irreflexiva del endeudamiento desaforado. Bueno, pues ahora necesitamos que la financiación fluya generosa hacia las empresas y las familias para desatascar las estrecheces de la financiación y fomentar el consumo aterrado. El BCE cumple con su obligación y ha puesto el dinero a un precio irrisorio. Luego sucede que, como la prima de riesgo se ha elevado mucho, las instituciones financieras cobran diferenciales mayores; pero, aún y así, el dinero está barato. Tan barato que ya no se puede aducir como excusa para no acometer inversiones o dejar de consumir. Si no se hace será por falta de expectativas. Y esa es otra cuestión muy diferente, que requiere otras medicinas distintas.
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