Álvaro Pombo recibe hoy en Bilbao, en el marco de la III Noche de la Edición el premio Argital, que otorga el Gremio de Editores de Euskadi y que ha recaído también en el novelista donostiarra Aitor Saizarbitoria y la Biblioteca de Deusto. El académico santanderino presenta también su nueva novela, 'Virginia o el interior del mundo' (Planeta) donde cuenta la historia tragicómica del amor frustrado por la muerte entre una joven de clase alta y el hijo de su cocinera mientras suceden las guerras de Marruecos.
-Le premian los editores vascos. ¿Se siente reconocido en Euskadi?
-Me encuentro siempre muy cómodo y sé que mis novelas son muy bien recibidas aquí. Como se sabe tengo apellidos vascos, así que suelo presumir de ser medio de Bilbao.
-¿Qué escritores vascos son sus preferidos?
-Sobre todo Jon Juaristi, a quien profeso una gran amistad; y también Bernardo Atxaga, al que trato de seguir en cada libro nuevo que escribe.
-'Virginia o el interior del mundo', una novela que habla de una familia santanderina y que está dedicada a sus seres queridos. ¿Es esta su vuelta a un pasado idealizado?
-No. Es un pasado-pasado. Soy muy crítico con esa sociedad burguesa emprendedora de los años veinte como la que también existía en Bilbao. Lo que hago es aprovechar ese marco temporal para crear una novela interior como retrato de una clase y de un personaje femenino 'excéntrico', peculiar, que se va cerrando sobre sí mismo hasta ahogarse.
-Novela de amores y, sobre todo, de clases sociales.
-Sí, sólo se explica dentro de la 'clase ociosa', que no trabajaba. Es una teoría sobre ellos, sobre esas generaciones que ya no crean negocios, que simplemente se enriquecen, se gastan el dinero y desarrollan cualidades artísticas. Curiosamente, las más nobles facultades del espíritu aparecen cuando hay dinero y ociosidad.
Muerte y paraíso
-Sus protagonistas creen que la realidad trágica del mundo nunca va a alcanzarles porque «lo ven con prismáticos». ¿No nos sucede algo parecido?
-Nuestros prismáticos actuales son la televisión o Internet. Un ejemplo es cómo asistimos a la invasión de Irak: veíamos un espectáculo que eran bombardeos sangrientos y terribles. Nuestro mundo es virtual y está desactivado. Tenemos que tener cuidado con ello porque así no nos afecta nada.
-Hay en su novela una presencia agobiante de la muerte.
-Pero mi tratamiento de ella no es trágico, tiene más puntos de contacto con la 'danza de la muerte' medieval. Por eso yo la abordo de una manera medio cómica.
-La muerte finalmente como liberación, como final de la conciencia, ¿es esa su idea del paraíso?
-Todos mis personajes están martirizados porque son conscientes. Shakespeare dijo que «la conciencia hace de todos nosotros cobardes». El paraíso sería desaparecer, pero entonces no es paraíso, es la nada.
-Esta pregunta se pronuncia en la novela: «¿Qué sería del género humano si sólo estuviésemos en condiciones de ocuparnos de la realidad y nunca de la irrealidad»?
-Seríamos muy pesados. La ficción es la que crea un hiato entre la realidad bruta, el ser salvaje, y el hueco entre la conciencia y las cosas. Mediante la irrealidad agujereamos el mundo y lo hacemos respirable.
-Las manos de dos amantes, ¿ese es el espacio interior del mundo?
-Para mi protagonista acaba siendo el patio de atrás donde se acariciaba con su novio, interiorizado tras su muerte en un recuerdo imborrable.
-¿Se están perdiendo los escritores del amor?
-No lo sé. En mi caso escribo mejores poesías de amor que novelas, quizá porque el amor, al revés que la amistad, es fallido.