El Alavés destruyó ayer las cuentas de la permanencia. El edificio matemático sostenido durante esta semana en los débiles cimientos del apurado triunfo en Girona se volvió a desplomar con estrépito. Bastó el débil soplido de un Castellón que acudió a Vitoria de vacaciones y se llevó los tres puntos como quien extiende la toalla en la playa. Sin el más mínimo gesto de esfuerzo, por pura inercia. Las opciones reales -que pasaban por lograr cuatro triunfos en Mendizorroza en este tramo final de campaña- dejan ahora paso a las sobrenaturales. Por más que la derrota del Córdoba mantenga a la escuadra albiazul en el partido de la salvación con cinco puntos de desventaja a siete jornadas para el final. Y es que la nueva exhibición de impotencia volvió a romper en el Paseo de Cervantes como una gran ola de desánimo en la semana donde el futuro del club ha quedado además en entredicho.
La escuadra albiazul suspendió doblemente en la asignatura de convencer y autoconvencerse de que la permanencia es posible. Ni le dio para lograr otro resultado positivo por una vía poco ortodoxa, como sucedió en Montilivi, ni ofreció una mínima sensación de recuperar el pulso futbolístico en la fase definitiva del campeonato. Es decir, nada transmitió ayer a la grada que el Alavés se encuentre realmente capacitado para cuadrar los números, para obtener cinco triunfos en siete partidos. Más bien el mensaje fue de resignación, un documento interno que refleja que entre carencias estructurales y nervios coyunturales este equipo albiazul es la viva imagen de su pésima clasificación. Le da, en realidad, para ganar un partido de cada cuatro.
Los problemas se acentuaron ayer ante la ausencia de Albacar y Llorente por la banda izquierda. El Alavés tiene pocos puntos de apoyo sólidos y esta doble ausencia supuso una merma fundamental de sus recursos ofensivos. Con el primero se garantizan golpeos a balón parado y dos o tres acciones sorpresa y de calidad por el lateral, con el segundo, un futbolista energético que atraviesa un buen momento de forma. La reconstrucción con Kalderon y Moreno por ese carril dio para poco. Con el vitoriano afanándose en cubrir un puesto que no es natural y el andaluz lejos de producir para el equipo, excepto en las consabidas faltas.
Ni juego ni ritmo
De difícil explicación resultó ayer una primera parte donde el Alavés claudicó prácticamente desde el arranque. A un partido decisivo para su supervivencia volvió a entrar con la intensidad de un solteros contra casados. Superado por la obligación de ganar, sus recursos volvieron a ser mínimos. Más bien tres. Los balones largos para la peinada de Juanjo, las arrancadas de casta de Cuevas y la calidad de Emilio Sánchez, que en cada partido demuestra ser uno de los pocos que muestra un rendimiento acorde con la categoría. De todo el voluntarismo albiazul surgieron dos ocasiones. Javi Guerra, ayer negado con la portería contraria en esporádicas pero claras oportunidades, las dejó pasar.
El regalo habitual
Para el Castellón se trababa de un trámite, aunque su capacidad futbolística le permitía dominar la posesión del balón con autoridad. Con ello y un posicionamiento correcto le bastaba para convertir al Alavés en cenizas y amenazar a Bernardo, que tuvo varios sobresaltos. Por momentos el cuadro albiazul no tuvo juego ni ritmo. Ni siquiera agresividad en un partido que transcurrió durante demasiados minutos con un adversario pleno en comodidades y recostado en el sillón de su tranquilidad.
Sólo se alteró esta sensación en una segunda mitad donde el Alavés al menos tiró de coraje para tratar de embotellar al adversario. Cerró el tapón el conjunto albiazul durante algunos minutos con unas líneas más adelantadas y recuperaciones de balón frecuentes en campo contrario. Aunque ni siquiera en esas condiciones el gol parecía cercano. Apenas la intensidad de Cuevas alteraba el guión. Al margen de las acciones balón parado, pisar el área contraria era una utopía.
Y apareció el regalo habitual, esta vez envuelto entre César, que despejó mal un balón colgado sobre el área, y Bernardo, que se dejó escapar un flojo remate de Ulloa. El delantero se vio con el rechace en las botas y a dos metros de la portería sólo tuvo que empujar la pelota. La reacción final albiazul, con Raúl Sánchez y el exótico Pery sobre el césped, volvió a chocar con la falta de puntería de Javi Guerra en el descuento. Tres puntos que se perdieron por el sumidero ya gigante de Mendizorroza, que casi no recuerda la última cita con victoria y comienza a teñirse de luto.