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De profesión: pescar atunes y evadir piratas. Un capitán de Bermeo relata su día a día a bordo de uno de los barcos que faenan en el Índico
03.05.09 -

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La vida en aguas turbulentas
La presencia de buques de guerra en la zona resulta disuasoria, aunque no acaba de solucionar el problema. / EFE
Joseba acaba de consumir su segundo mes de permiso. Le quedan otros dos. En julio volverá a la mar y dejará aparcada una de sus vidas, la que comparte con su mujer y sus hijas de 11 y 2 años. Tendrá que abrir un paréntesis justo cuando empezaba a ser una referencia reconocible para las niñas. Se despedirá de ellas hasta noviembre, cogerá un vuelo a París y, desde allí, junto con otros marineros procedentes de Galicia, Canarias y Andalucía, saltará a las Seychelles o a Madagascar para retomar su otra vida, la que le liga al atún, al salitre y al peligro. Joseba Blanco Larrinaga, 39 años, hijo y nieto de pescadores de Bermeo, capitán de pesca en el Índico, cuatro meses embarcado y otros cuatro en casa, se consuela pensando que este año podrá pasar la Navidad con los suyos.
«A mi mujer le gustaría que lo dejara, pero entiende que es mi trabajo y que a estas alturas es muy difícil cambiar», confiesa Joseba. «Cuando los piratas secuestraron el 'Playa de Bakio' no andábamos muy lejos. Llevábamos 25 días en el mar y nos tocaba regresar a puerto para repostar combustible. Recibimos el aviso de que algo iba mal y salimos de allí rápidamente». En su último viaje «había bastante tensión en la zona y escasa presencia de buques de guerra. Además, la campaña fue floja; cuando la necesidad aprieta, arriesgas en aguas menos seguras».
Sus ancestros se emplearon en la pesca de bajura. Eran otros tiempos y la anchoa no estaba agotada en el Cantábrico. Incluso se atrapaba el atún con caña y cebo vivo. En Bermeo se contaban hasta 80 pequeñas embarcaciones que faenaban en las proximidades de la costa. Ahora sólo queda una. El padre de Joseba ya tuvo que emprender la aventura africana a principios de la década de 1970 yendo a trabajar al Golfo de Guinea. Él lleva dos décadas cercando atún listado, patudo, yellowfin y rojo en el Canal de Mozambique, Madagascar y el archipiélago de Chagos. En realidad, el juego de persecuciones es bastante complejo en el Índico. Los pescadores persiguen al atún, los piratas a los pescadores, y los buques de guerra a los piratas.
Cinco de la mañana. Joseba cubre su turno en el puente. Después de terminar con el papeleo del día anterior -el capitán de pesca lleva a cabo labores administrativas-, Joseba lee un rato y escucha música. Lo cierto es que no hay mucho tiempo libre a bordo, y rara vez se comparte con los demás. «Antes veíamos películas juntos, pero ahora la gente se trae su propio material en el portátil». Llega el patrón y da la orden de arranque. Comienza una larga jornada. De sol a sol.
El buque en el que embarca Joseba tiene 80 metros de eslora y es capaz de acarrear mil toneladas de pescado. Suelen acompañarle unas treinta personas, entre ellos tripulantes procedentes de Ghana, Senegal y Mali. «En ocasiones nos guiamos por las aves, que señalan la zona donde acuden los atunes a alimentarse de cardumen», comenta Joseba. «Pero lo habitual es acercarnos a un punto balizado». Un sistema que combina las nuevas tecnologías con el instinto. Por un lado, AZTI-Tecnalia, un centro tecnológico especializado en investigación marina y alimentaria -con sede en el País Vasco- que proporciona a los buques información sobre corrientes marinas, salinidad, temperatura del agua y altimetría. Por otro, unas plataformas fabricadas con cañas de bambú; cuando se localiza una corriente «prometedora», estas parrillas con baliza se sueltan y se siguen. Si se han interpretado bien los datos llevaran a los pescadores a su objetivo: los bancos de atún, que también utilizan estas 'autopistas' marinas para sus desplazamientos.
Mástiles sospechosos
Cinco y media de la mañana. El patrón ordena largar y despachar la red para cercar a los atunes. Cuando el pescado es izado a bordo se congela en cubas de salmuera a 15 grados bajo cero. «El patrón designa un nuevo punto y ponemos proa hacia allí. La red se echa hasta que se hace de noche. En un día normal, hasta cuatro veces», explica Joseba. Cuando las cubas están a rebosar, el barco pone rumbo al puerto base, normalmente en las islas Seychelles o Madagascar.
Un ojo en la faena y otro en el horizonte, en busca de mástiles sospechosos. «Cambiamos mucho de rumbo, sobre todo cuando hace mal tiempo», concluye este capitán. «Los mandos militares nos recomiendan que nos movamos en 'zig zag', pero no olvidemos que perseguimos atunes y, al final, los bancos sirven de polo a pescadores, aves y piratas. Los grandes mercantes tienen mangueras para soltar agua a presión y defenderse de los asaltos, pero nosotros no. Además, nuestros buques son más bajos y, por tanto, más accesibles a las lanchas». El juego de las persecuciones continúa en esas aguas turbulentas de las que Joseba espera regresar en noviembre para masticar otra realidad, la de su pueblo, la de su gente.
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