Por primera vez en quince años un demócrata podrá elegir a un juez del Tribunal Supremo, el cargo más omnipotente del país. La oportunidad se le presentó ayer a Barack Obama cuando el magistrado David Souter anunció su decisión de jubilarse en junio, al final del actual mandato. Será, como dijo el candidato del partido del burro azul durante la campaña electoral, «una de las decisiones más trascendentales que tome el próximo presidente», que resultó ser él. Los miembros del Supremo son designados de por vida y recientemente han tenido la última palabra en temas tan decisivos como la pena de muerte, el aborto e incluso la elección del inquilino de la Casa Blanca.
Pese a toda la exaltación que desató ayer la noticia a izquierda y derecha del ámbito político, Obama no podrá cambiar con esta decisión el equilibrio ideológico del Supremo, donde los jueces conservadores están en mayoría gracias a los dos nominados por George W. Bush. Y es que Souter, elegido como un conservador moderado, ha resultado ser un firme pilar para el ala progresista, para decepción de la derecha.
El joven y desconocido juez de New Hampshire que seleccionara Bush padre en 1990 se definió en el segundo año de su mandato, cuando se alineó con el ala liberal para defender el derecho al aborto. Era un tema que durante el proceso de confirmación en el Senado dijo no haberse planteado, pero a partir de ahí su voto fue importante para limitar la extensión de la pena de muerte, por ejemplo, aunque insuficiente para impedir que el Supremo entregase la presidencia a George W. Bush en bandeja al invalidar el recuento de votos en Florida. «No hay justificación alguna para negar al Estado la oportunidad de contar todos los votos en disputa», se quejó amargamente en su opinión disidente.
A sus 69 años, Souter no es ni mucho menos el juez del Supremo de mayor edad. John Paul Stevens, por ejemplo, le lleva veinte años. Además, su salud es impecable. Pero quienes le conocen saben cuánto ha llegado a odiar «el mejor trabajo del mundo en la peor ciudad del mundo», como suele decir. El verano pasado llegó a verbalizar de forma tajante su deseo de abandonar Washington para disfrutar de su granja en New Hampshire mientras todavía le quedan fuerzas para subir montañas.
El primero en irse
«Si Obama gana seré el primero en jubilarme», dijo a un amigo, que se lo confió anónimamente a 'The Washington Post'. Y es que con gente como Sarah Palin en la papeleta republicana, Souter no estaba dispuesto a dar a la extrema derecha la oportunidad de limitar más los derechos del país.
La cuestión ahora es quién elegirá Obama para sustituirle. El consenso generalizado es que deberá ser una magistrada. La juez Ruth Bader Ginsburg, debilitada por un cáncer de páncreas, se ha quejado amargamente de ser la única fémina entre los nueve integrantes del Supremo, cuando las mujeres son mayoría en todas las facultades de Derecho.
Si Obama sigue la tradición de elegir a un juez federal para el cargo, los hispanos pujan por Sonia Sotomayor, que sería la primera integrante de esta comunidad en el máximo tribunal del país. Pero el abanico de posibilidades se abre ante su deseo de nominar a «alguien que viva fuera de los tribunales y las academias», dijo durante la campaña. Ayer lo reivindicó al irrumpir en la conferencia de prensa de su portavoz para explicar que busca «a alguien que entienda que la justicia no se trata de una teoría legal abstracta o una nota a pie de página en un libro de texto, sino de cómo afectan nuestras leyes a la vida diaria de nuestra gente».