México es mágico. El día del trabajo no saldrán de casa como ha recomendado el presidente Calderón para evitar que se extiendan los contagios. En realidad, ayer se hacía efectivo el consejo presidencial y todos estaban en casa, salvo Pascualín, mi adorado taxista maya, que manifestaba no estar dispuesto a que se muriesen sus animales: «Porque les quiero y porque tendremos huevos cuando no haya de qué comer». También dice que los americanos venden con Obama menos armamento y tienen que sacar el dinero de otra parte. La economía de Cozumel es de supervivencia. Y en estos momentos los cruceros no llegan a la isla y los supermercados se encuentran cerrados y desabastecidos. Tampoco habrá fiesta en El Cedral. Solo funcionan las pequeñas tiendas 'de abarrotes', que nunca cierran porque sus dueños viven en la trastienda.
Suenan como viven, como budistas, esperando lo que les dé la vida. No hay otra. Tampoco es tan extraordinario. Cada aviso de huracán representa una reclusión voluntaria. Si cabe, mucho más dura, porque hay que blindarse, contrachapear las ventanas de madera, dejando al aire fuera y hacer acopio de agua y de productos imperecederos que no necesiten ser cocinados. Ahora es una fiesta, tienen agua y electricidad. Pueden cocinar. Y, algo muy importante, se puede comprar tequila, perseguido en tiempos de huracán y tan necesario para cantar. Por consiguiente, se puede comer, beber y charlar, que no es mala supervivencia y que en las pequeñas aldeas, en las islas o en los poblados de la selva, es lo que hace la gente durante todo el año.
Un destino común
Angélica me dice que los muertos lo han sido de mala fortuna, que todos ellos creyeron que padecían una gripe común y que, para cuando se dieron cuenta y acudieron a los hospitales, era tarde. Tenían ya órganos vitales dañados de forma irreparable. Aquellos que pudieron acudir al médico, que los que no pueden ni lo conocen, llegaron tantito demorados para recibir la extremaunción. Nada raro, teniendo en cuenta que unos 50.000 mexicanos mueren al año por afecciones respiratorias y para otros morir en la cama constituye un acontecimiento extraordinario. Pero su intimidad es realmente estrecha. Muchos de los hogares apenas disponen de un cuarto, que hace las veces de dormitorio de la familia. Se vive en la calle y entre los pobres se muere en la calle.
Los pobladores de 'La Gloria' se han quedado sin voz reclamando el cierre de las granjas porcinas. El lugar que las autoridades sanitarias señalan como el principio de la enfermedad. De allí proviene el primer contagio, un niño de cuatro años, en el estado de Veracruz. Don Lupe, una de las voces más altas, siembra maíz y frijol, e insiste en que la enfermedad viene de las granjas porcinas. Asegura que cada mar de mierda contamina el aire y los mantos freáticos.
Alicia, mi deliciosa y cultísima amiga del DF, dice que no hay agua en los supermercados y que sus hijos están a punto de estallar sin colegio y que sería éste un hermoso pretexto para que me desplazase a preparar una paella. Pero las autoridades europeas se reunían ayer para considerar si prohibían o no los vuelos a mi segunda patria. No sé qué sentido tiene, si después de la alarma, por lo que me cuentan, los vuelos llegan completamente vacíos. Nos reímos cuando me dice haber leído que el único contagio sin viajar a México lo ha sido por hacer el amor. Y yo le digo que 'ni modo' y que no hay mal que por bien no venga.
Mi amigo Jorge el arquitecto tiene ahora novia en Barcelona y billete a España para 'ahorita'. A su pareja le preocupa que no le dejen venir. Y yo me pregunto si tendrán el valor de hacer el amor.