Delia Santamaría murió ayer del modo más cruel, a manos de aquel a quien ella había permitido vivir, su propio hermano. Una estremecedora paradoja que añade dolor a su macabro asesinato, ocurrido a primera hora de la mañana, en un piso ubicado en el centro de Logroño. Eran alrededor de las 8.45 horas cuando una vecina del inmueble número 48 de la calle Vara de Rey alertó a la Policía: un hombre, luego identificado como Lorenzo Santamaría, de 58 años, acababa de matar a su propia hermana a martillazos.
Precisamente, la mujer, de 52 años, había donado parte de su médula ósea a quien se convirtió en su verdugo para tratar de librarle de la muerte como consecuencia del cáncer linfático que sufre, lo que aumentó la conmoción que provocó el crimen entre los allegados de la familia Santamaría. Sobre todo, porque Lorenzo y Delia mantenían una estrecha relación fraternal que se había reforzado tras la generosa donación que la mujer había hecho a su hermano.
La vecina que alertó del homicidio había sido avisada por otro residente del inmueble de avanzada edad, que se encontró con la escena del crimen cuando salió al rellano de la quinta planta y vio al presunto homicida de pie junto a la puerta de su casa. Detrás de él, su hermana yacía muerta en el suelo, sobre un charco de sangre. Pocos minutos después, agentes del Cuerpo Nacional de Policía y Policía Local llegaron a la zona y detuvieron al sospechoso, casado y padre de tres hijos que ya se han independizado y, por lo tanto, no viven en el domicilio familiar.
Hacia las 10.30 horas, tras las primeras pesquisas y antes de tomar declaración a familiares y testigos, el juez ordenó el levantamiento del cadáver, que fue conducido hasta el Instituto de Medicina Legal, donde se le practicó la autopsia. Mientras, el asesino fue trasladado a dependencias policiales y posteriormente examinado por los forenses para evaluar su estado físico y psíquico, en medio del revuelo que se originó en las inmediaciones de la vivienda. Allí se reunieron curiosos y vecinos junto a los familiares del presunto homicida -su mujer, los hijos y un hermano-, quienes tuvieron que recibir apoyo psicológico en una ambulancia estacionada frente al inmueble.
Cambios de humor
Gracias al testimonio recabado entre todos ellos se abrió paso una versión aproximada de los hechos. Según confirmaron algunos vecinos, la víctima, soltera y sin hijos, fue agredida por su hermano cuando, como hacía habitualmente, acudió a primera hora a su casa para cuidarle. Delia se encargaba de ayudar a la familia de su hermano porque la esposa del homicida tenía que dejar muy temprano el hogar familiar para acudir a su trabajo. El agresor, albañil de profesión, fue descrito por sus conocidos como un hombre que sufría cambios de humor y depresiones a consecuencia de su enfermedad, que durante los últimos meses le mantenía recluido en casa, casi sin salir. «Un día te saludaba amablemente y otro, o no te veía o no te decía nada», resumía un vecino.
Una situación que deparó una convivencia cada vez más tensa y que la esposa de Lorenzo había comentado con sus vecinas a modo de desahogo. Según los residentes, el matrimonio formaba una pareja «de lo más normal», al igual que era normal la relación que mantenían agresor y víctima, a quienes nunca habían oído discutir ni se les conocían broncas «fuera de lo habitual de lo que son las discusiones propias de cualquier familia».
Cuando el crimen ya era conocido por el vecindario, otra de las habitantes del bloque reconocía a los agentes que, pasadas las siete de la mañana, había escuchado «gritos suaves de auxilio». La mujer se lamentaba de no haber sabido reaccionar y dar aviso a la Policía. Probablemente, habría sido tarde para Delia: su muerte se produjo prácticamente en el acto.
Lorenzo Santamaría, que ayer pasó a disposición judicial, podría ser enviado a prisión entre hoy y mañana. Ayer durmió en los calabozos de la Jefatura Superior de Policía de Logroño. El caso, sobre el que se ha decretado secreto de sumario, según las fuentes consultadas, no podría enmarcarse en la calificación de delito de violencia doméstica ya que, pese a la relación familiar entre víctima y agresor, debe existir el requisito de convivencia estipulado en el Código Penal.