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Sociedad

30.04.09 -

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No había indignación, sólo sorpresa, incredulidad. El asesinato sumió en el estupor a los residentes de un bloque en el que todos se conocen desde hace décadas. Vecinos acostumbrados a compartir las alegrías y tristezas del día a día. Como el cáncer linfático que sufría Lorenzo. O el nacimiento de su nieto. O el abnegado trabajo de Delia, su hermana.
Un microcosmos, el de Vara de Rey 48, truncado por un crimen que nadie alcanzaba a comprender. «¿Que Lorenzo ha matado a su hermana? ¡Por Dios, pero si eran uña y carne!», exclamaba una antigua vecina del portal. «Si iban a todos los lados juntitos...», repetía con un discurso en tiempo presente que trataba de negar lo ocurrido. Uña, carne y algo más. Un vínculo de vida, en forma de trasplante de médula, que también conocía la comunidad vecinal.
«Lorenzo estaba mal físicamente, por lo que en los últimos tiempos salía poco de casa. Sufría mucho, pero aun así no sabemos qué ha podido ocurrir. Ha tenido que ser un arrebato», apuntaba otro vecino del inmueble.
Otra de las conocidas de la familia recordaba la última vez que vio a los dos hermanos, un día antes del crimen. «Estaban en el parque, sentados. Hablé con ellos y vi que Lorenzo estaba mal, tenía mala cara y lo encontré un poco ido. Por eso le dije que se animase», recordaba esta mujer.
«Lorenzo y Delia tenían una estupenda relación, les veíamos juntos casi siempre. Iban a la compra juntos los sábados y volvían con las bolsas a casa... Hasta compartían una finca los fines de semana», relataba otra amiga.
La ayuda de Delia era uno de los pilares de Lorenzo, puesto que su esposa se ausentaba temprano para ir a trabajar. La mujer también se ocupaba del nieto de su hermano y sacaba a pasear al perro de la familia. El mismo perro que ladró sobre las 7.30 de la mañana de ayer sin que nadie comprendiese, en ese momento, el motivo.
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