«La mejor herencia de los rusos fueron sus armas, especialmente el Kalashnikov. No se calienta, funciona en condiciones de extrema suciedad, se cae en la montaña y puedes seguir usándolo y si te quedas sin munición, puedes encontrarla en cualquier rincón del país». El coronel Mohamed Jan es el comandante del kandak (batallón) de Laghman que desde hace año y medio entrena bajo la supervisión de los Marines estadounidenses. Tiene bajo su mando a «cientos de hombres» -no especifica el número por razones de seguridad- y la enorme responsabilidad de controlar uno de los tramos clave de la carretera que une Pakistán con Kabul por la que llega gran parte del suministro de las fuerzas de la coalición, una ruta que es objetivo de la insurgencia.
Con más de treinta años de experiencia en las Fuerzas Armadas afganas, Jan echa la vista atrás para recordar la etapa soviética en la que los rusos intentaron, sin éxito, reformar el Ejército afgano. «Nos entrenaban para luchar contra nuestro propio pueblo y sus sistemas de adiestramiento no eran como los que usan los americanos. Quemaban mezquitas, arrasaban con todo lo que fuera necesario y en el trato personal nos pagaban muy mal, eran poco disciplinados y no parecían motivados», recuerda este coronel que desde hace seis años ocupa un alto cargo dentro del nuevo Ejército Nacional.
Pasa revista a sus hombres, que se han vestido de gala para celebrar el Día de la Independencia, fecha en la que conmemoran la victoria contra los soviéticos, y su discurso tiene un sólo mensaje: «Somos un mismo pueblo y debemos permanecer unidos en la lucha contra la insurgencia». A su lado el capitán Botanes, responsable de la unidad de marines en la base, sigue el discurso gracias a la labor de su traductor. Como ocurre en todo el este del país, los Marines son los encargados del entrenamiento directo de los soldados afganos y viven, literalmente, «empotrados» con ellos. En Mehtarlam hay ocho mandos dedicados a esta labor que califican de «fundamental» para la seguridad en el país. El teniente Corman ve al soldado afgano «muy motivado y con ganas de ayudar al país, especialmente a los más jóvenes», apunta desde la terraza de su barracón, desde la que se puede alcanzar con la mano el minarete de la mezquita de sus colegas afganos.
Necesitan entrenamiento en todas las disciplinas, menos en el manejo de las armas, que «son capaces de montar con los ojos cerrados», destaca Corman en referencia al mítico AK-47. Estos días han comenzado el adiestramiento en el manejo del M16 y «seguro que se acostumbran, pero éste es un arma para mantenerla limpia si se busca precisión y eso no será tarea sencilla». Los afganos se muestran abiertos al cambio y esperan que el nuevo arsenal les permita ser superiores a los insurgentes durante los combates, pero llevan varios años escuchando los rumores de un cambio que no termina de llegar.
Equipamiento
«Si estamos ahora con la OTAN, lo lógico sería usar su armamento», señala el coronel Jan. Los americanos han equipado al Ejército afgano con vehículos blindados Humvee e incluso camiones antiminas MRAP, pero de momento apenas se ven fuerzas de seguridad locales con el M16. «No es una decisión nuestra, esto viene de muy arriba, pero mi opinión personal es que si se manejan bien con lo que tienen, mejor dejarles», piensa el teniente Corman.
En la actualidad, el Ejército afgano cuenta con 80.000 efectivos y el plan de la comunidad internacional es que se triplique este número en los próximos años. Ha sido la institución más cuidada desde la caída del régimen talibán y su efectividad y preparación están años luz por encima de la de la Policía, sin embargo, aún no se sienten fuertes y esperan «que la comunidad internacional siga mucho tiempo aquí para terminar de formarnos», comenta el coronel Jan antes de comenzar a dar palmas y abrir así el inicio formal al baile para conmemorar la fiesta nacional.