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A mí esto de la 'renovación demográfica' propuesta por Almunia no me gusta nada. Será necesaria para el sostenimiento del sistema de pensiones, pero me parece amenazante. Todo es una cuestión de perspectiva. Visto desde la juventud o la primera madurez, la propuesta carece de réplica. Si los menores de cincuenta años quieren recibir las pensiones que esperan no le queda más remedio que apoyar esa cosa de la 'renovación demográfica', es decir conseguir que entre en el mercado laboral un número suficiente de cotizantes, que permanezca más tiempo cotizando, para subvenir a las pensiones que esperan cobrar en su jubilación. Pero visto desde el otro lado de la barrera -que comparto con Almunia-, me suena a una especie de EGP (eutanasia global planificada).
En serio, el Comisario Almunia siempre dice cosas sensatas y se suma ahora a las propuestas del Gobernador del Banco de España. Con ciertos matices, aboga por una prolongación de la vida laboral como premisa ineludible para garantizar el cobro de las pensiones. Esta es una reforma que, por su propia esencia, ningún político desea acometer. Todo el coste es para el presente y todo el beneficio para el futuro. Cosas así hacen los padres con sus hijos, pero nunca los gobernantes con sus administrados. Su horizonte es más próximo y su cuenta de resultados se alimenta de las necesidades satisfechas hoy, no de la solución de los problemas del mañana.
Por eso les cuesta tanto reconocer lo obvio y por eso se resisten a acometer las reformas necesarias para mantener la estabilidad del sistema. El ministro Corbacho dice la verdad cuando asegura que hay superávit; pero el Gobernador Ordóñez acierta cuando parafrasea al Príncipe de Salina, el personaje central de «El Gatopardo» y nos advierte de que es necesario cambiar algo hoy, para que todo siga siendo verdad mañana.
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