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Álava

ÁLAVA

300 tamborreros se esmeraron en subir la temperatura en la gélida noche del santo
29.04.09 -

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Vitoria había gastado todas sus papeletas. Tras tres años sin aparecer en la Tamborrada, la lluvia decidió que era hora de cumplir con la tradición que acredita a San Prudencio como el santo meón. Su presencia deslució esta peculiar serenata nocturna protagonizada por 300 cocineros, soldados, barrileros y majorettes la noche del .
«Con la lluvia la gente se retrae mucho, pero la fiesta no decaerá, aunque sea al calor de un bar», vaticinaba María Luisa Uribe mientras aguardaba ansiosa la llegada de la comitiva. Eran las once y media de la noche y todos estaban en sus puestos junto a la torre de doña Ochanda. En los últimos lugares se encontraban Javier Velasco, Jorge Peña, Oscar Palacios, Gorka Delgado e Ismael Díaz, los cinco integrantes de la sociedad Kikilixalda. Nuevos en estas lides, aunque la han vivido a menudo desde la barrera, reconocían sentir un poco de «gusa» antes del momento clave. Claro que para no fallar un toque, habían cogido fuerzas con una cena previa en su local, en la calle Cubo 26, donde se reunieron desde las nueve de la noche. Perretxikos, caracoles, chuletón y tarta de manzana «para una reunión de unas catorce personas, nosotros, las mujeres y dos de las majorettes. En total, nos sale a unos 30 euros por persona», contaba Javier que, a pesar de carecer todavía del estandarte de la sociedad y de salir sólo cinco de los 60 socios, se mostraba dispuesto a disfrutar a tope. «Para el año que viene ya tenemos una lista de espera de los que quieren salir. Ahora hay que divertirse y aunque llueva algo da igual», animaba.
Experiencia de 20 años
Toño Martínez, de Mendiolakoak, es otro inmune al mal tiempo. «He salido casi veinte años y la mayoría ha hecho malo. A menudo digo que lo dejo, pero luego me animo y la noche se alarga bastante». Carmelo Olalde, trompeta de la txaranga Ezberdinak, prefería no pensar en las consecuencias de la farra. «Mañana -por ayer- toca salir con los txikis, pero son muchos años tocando, y por algún exceso no pasa nada», sonreía tras prometer afinar las notas para evitar que lloviera más fuerte.
Sus esfuerzos tuvieron escasa recompensa cuando, al filo de las doce y cuarto, hicieron su entrada triunfal sobre el escenario. En las escalinatas les aguardaba una nutrida representación del Ejecutivo foral, entre los que destacaba el diputado de Obras Públicas, Luis Zarrabeitia, ataviado con un gran delantal blanco. Entre el público, resguardado en sus abrigos y paraguas, el entusiasmo era menor. Los pequeños, como Xabier Beltrán, les emulaban encantados con su tambor de juguete, pero los adultos eran más reacios. «El año pasado había más ambiente, pero con este tiempo es una pena», comentaban las veinteañeras Naroa y Laura caladas de frío.
Varios redobles y salvas de escopeta después, junto a algún que otro baile, la función tocó a su fin. Un pequeño conato del himno del Alavés iniciado por algunos de los cocineros fue rápidamente silenciado y comenzaron un lento desfile hacia las calles del centro de la ciudad. «Ha sido muy soso, había muchas pausas y a los cocineros no se les veía muy animados. Para ser fiestas, me ha parecido un poco tristón», resumía Nieves Ruiz, antes de perderse en la noche vitoriana dispuesta a alargar la juerga «hasta las campas de Armentia si hace falta».
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