Este año, San Prudencio se ha contenido. En todos los sentidos. De entrada, cosa rara, se ahorró los alardes mingitorios a los que llevaba abonado desde varias convocatorias atrás. De salida, demostró que, en efecto, este 2009 toca apretarse el cíngulo. Que no está el horno para bollos -o para rosquillas, más bien-, que la crisis no descansa ni en festivo y que, en días como el de ayer, a globeros, churreros, tasqueros -sigan poniendo 'eros'- la contención les hace pupa.
Y es que, una cosa es que las campas evocaran ayer los años dorados de la romería -«cuando la gente madrugaba y desde primera hora ya estaba esto lleno», recordaba la rosquillera bilbaína Carmen Fernández- y otra bien distinta que los romeros estuvieran dispuestos a dejarse en Armentia el parné. De eso, más bien lo justo.
«La cosa está fastidiada para todo el mundo. La gente ha venido en masa, pero a la hora de comprar se regatea hasta el último euro», admitía el burgalés José María Álvarez. Tanto que ayer sus churros no se vendían por docenas «ni de casualidad». Ni por medias, incluso. «Hay mucha gente que te pide un euro y se llevan cuatro», contaba resignado.
A su vera, el vallisoletano Marcelino González se empeñaba en encajar su género aunque fuera a tijeretazo limpio. En los precios, se entiende. «Si el año pasado la docena de rosquillas costaba 2 euros, éste la he puesto a 1,5. Y las grandes han bajado de 4,50 a 3 euros», justificaba el feriante con un claro sentido del negocio. «O bajas el precio o no vendes».
La tarde es joven
Sea como sea, lo cierto es que vía Tuvisa o vía paseo del Santo -en coche sólo se podía acceder hasta Mendizabala o Zabalgana- miles de peregrinos se apretaron en los aledaños de las campas para picar a destajo y llenar la despensa de saldos. Y es que, ayer, hasta el jamón ibérico de Guijuelo estaba de oferta en Armentia. «A 18 euros el kilo», destacaba un cartel en el puesto de Agustín Labrador.
Por lo demás, la romería que abre la temporada de ferias locales no descubrió nada nuevo. Más bien sirvió para subrayar lo de siempre. Que las ansias de refitolear en puestos de repostería, de pashminas, de cremas de aloe vera o de espárragos de Tudela son poderosas. Y que, como las rosquillas -anisadas, de huevo o de harina- son muchos, miles, los que a juzgar por la concurridísima estampa romera no se pierden un solo año la peregrinación de San Prudencio.
«¿Qué mejor manera de pasar el día? Las fiestas -apuntaban a pie de barra Elena y Gorka- hay que vivirlas a tope. Hace un día estupendo que invita a pasear, a vivir el ambiente y a tomar un talo». Por cierto que ayer en Armentia los había hasta de chocolate.
Con los jóvenes, la riada humana que anegó las campas llegó a su cénit a media tarde. La hora de la verbena, de la merienda y del kalimotxo. Vacías las botellas y echada la partida, la muchedumbre inició, con la puesta de sol, el camino de vuelta a casa. Hasta el que viene. Porque como ayer volvió a quedar demostrado de arraigados a la tradición anda la provincia sobrada.