Parece obligado en estas fechas de San Prudencio pensar en Álava y contar nuestro amor por ella. Álava, nuestra tierra, se viste de fiesta, y honra, como dice el himno, a su patrón.
Álava es un territorio, una provincia se decía antaño, con una forma peculiar. Si miran el mapa de las antiguas provincias, no encontrarán otra con una forma más complicada. La historia lo explica, desde luego, pero obsérvenla, a qué parece un territorio construido a mordiscos. Es como si él, o los vecinos, hubiesen tirado de todos los extremos del manto, hasta darle esa forma tan particular y quebrada que conocemos. Ningún niño podría dibujarla sin tener un mapa delante. Es una curiosidad histórica, pero no deja de ser una imagen real de su diversidad constitutiva. Por si faltara algo, en su centro, ahí está el Condado de Treviño, un anacronismo de la historia donde los haya. Con los ojos de un ciudadano de hoy, no tiene ningún sentido. ¿Cómo puede entenderse un territorio en cuya espina dorsal hay una gran isla de otra titularidad jurídica? Objetivamente, no es un problema menor, y desde la imagen y la subjetividad de un territorio, es realmente molesto.
Álava es un paño variado y hermoso, increíblemente variado en tan poco espacio, y con una ciudad, Vitoria-Gasteiz, que poco a poco lo ocupa casi todo. Álava tiene esa fisonomía peculiar de lo que es variado hasta la sorpresa. Y a la vez, Álava recibe la impronta incuestionable de su capital, que por peso económico y población, la absorbe. Porque Álava es más plural que Vitoria, más diversa en su paisaje y en sus gentes que su capital; a mi juicio, más consciente de su identidad compartida en el país vasco. No hablo exactamente de nación, hablo de una manera de sentirse de un lugar y de entenderlo.
Diré algo que suele incomodar. En cualquier lugar, todos somos ciudadanos iguales en derechos y deberes. Esto es inapelable. Pero uno es de donde nace para siempre. Somos de más sitios, por adopción, por convivencia, por trabajo, por matrimonio, por admiración, por mil razones; pero uno es siempre, en algún rincón de su alma, de donde nace. Por eso yo creo que Álava es un territorio milenario y, sin embargo, en formación. Muy influido por cómo amasa su identidad Vitoria. Álava tiene en sus tierras más claridad sobre su pasado que la capital. Pero es la capital, Gasteiz, la que tiene más posibilidades de dar su huella al sujeto que se está construyendo.
Estoy convencido de que en una o dos generaciones Vitoria-Gasteiz va a ser una ciudad con personalidad más definida y mucho más compartida por sus ciudadanos. Gasteiz va a fortalecer su condición de capital de Álava. Vitoria, hoy, se mira quizá demasiado en el espejo de su más reciente evolución, y esto la hace dispersa e impersonal en su identidad. Vitoria se va a mirar mucho más en Álava en dos generaciones y va a ganar personalidad histórica. A medida que su gente nazca en el lugar, ya no mirará de soslayo y con añoranza a otras raíces. Esto no es bueno ni malo, moralmente hablando; simplemente empasta más a una ciudad. Se modernizará, felizmente, y se enraizará, más y más, en el paño deforme y caprichoso que es su tierra, la tierra del 'príncipe de la paz, San Prudencio. Felices fiestas.