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Cuentan los más veteranos de la feria que, como ocurre con casi todo, la romería de San Prudencio también ha dejado de ser lo que era. Que se ha perdido el espíritu de aquellos años en los que Armentia se llenaba de romeros desde primera hora de la mañana. Acudían, sobre todo, «a comprar rosquillas y a misa». Así lo recuerda, precisamente, la rosquillera bilbaína Carmen Fernández, que no ha faltado a su cita con el patrón alavés ningún 28 de abril desde los años 60. Ayer, tampoco lo hizo.
«Ahora -lamenta la mujer- la gente viene muy tarde. Y simplemente, a dar una vuelta y a picar algo. A nadie le interesa la procesión, ni la misa. En ese sentido, sí se ha perdido el sentido de la fiesta». Así lo advierte también Marcelino González. Hijo y nieto de vendedores ambulantes, este vallisoletano conoce la romería desde que era un niño. Sin embargo, asegura, «ya no la reconozco».
Y es que, pese a que según admite «el entorno ha mejorado muchísimo», el ambiente ha decaído en la misma proporción. Echa de menos la música -«y no de bandas», aclara-, el bullicio de las campas y la tradición familiar de subir «y quedarse a comer en Armentia». «Haría falta que actuaran más dulzaineros y tamborileros, que son los que realmente alegran la fiesta. Ahora, las campas no están tan llenas porque no hay nada que las haga atractivas».
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