El encuentro entre Patxi López y Antonio Basagoiti representa la rúbrica final del acuerdo suscrito por PSE y PP el 30 de marzo en el Parlamento. Tanto aquel acto como el del pasado miércoles en la sede socialista aportan elementos relevantes sobre cómo interioriza cada formación el acuerdo, así como lo que pretende cada cual. Es sabido que tanto el documento firmado como la escenificación de su proyección pública han constituido exigencias de los populares a las que inicialmente se resistieron los socialistas pero que al final han tenido que aceptar. El silencio de López durante todo este tiempo contrasta con la continua presencia pública del líder de los populares vascos y explica también la situación de incomodidad en la que se están moviendo los socialistas en este tiempo de transición hasta la investidura.
Esa discreta posición de segundo plano en la que desde el 1 de marzo se ha colocado López no es algo libremente elegido, sino más bien obligado por las circunstancias. Se juega con la idea y hasta con la convicción, sobre todo entre el grupo dirigente, de que esta percepción social pronto cambiará de plano y que quien hasta ahora se ha mantenido en esa posición de 'silencio escogido' pasará a un primer plano, ocupando el protagonismo principal, y relegará a un segundo lugar a quien hasta ahora ha jugado el papel de mejor defensor del acuerdo suscrito.
Esta distinta manera de comportarse ha ido dejando como poso percepciones diferentes sobre lo que significa el acuerdo para unos y otros. Los socialistas creo que viven el pacto con el PP fundamentalmente como la oportunidad histórica que les va permitir acceder a la Lehendakaritza y formar gobierno. Más allá de esta importante razón, por supuesto, máxime desde un punto de vista partidario, el compromiso de relación preferencial con el PP se empieza a vivir ya, a mi modo de ver, como una carga que limita sustancialmente la estrategia anunciada en campaña de manos libres para la búsqueda de la centralidad y la práctica de la transversalidad. El PP, aprovechándose de la pretensión casi desmedida del PSE de lograr el lehendakari, ha decidido, con buen criterio por su parte, sacar el más y mejor rendimiento a sus trece parlamentarios.
A la vista de la estrategia llevada a cabo por los populares y aceptada por los socialistas, hoy se puede afirmar que sus 13 parlamentarios valen políticamente tanto como los 25 socialistas. El PP vive el acuerdo como el instrumento que le permite la materialización de dos objetivos de carácter estratégico. Por una parte, le sirve para desalojar al PNV del Gobierno y retirar a Ibarretxe, lo cual agrada y satisface a su electorado aquí y en España. Y de otra, obliga a los socialistas a articular con ellos un eje político preferencial que en la práctica se convertirá, por pura inercia, en el eje exclusivo de relación en el que descanse la acción de gobierno. Con esto da satisfacción a la estrategia defendida desde el año 2001, particularmente por Mayor Oreja, y rompe con la situación de soledad que ha vivido el PP en Euskadi los últimos años.
Es de sentido común que Basagoiti resalte el pacto y subraye las excelencias del mismo. Es una manera de 'atar en corto' a los socialistas y de recordarles que el compromiso adquirido no se extingue con el acto de investidura, sino que todo empieza a partir de ese día.
Es normal que a Basagoiti no le haga mucha gracia el ofrecimiento de López para integrar al PNV en los llamados consensos básicos. No hay que olvidar que tanto en la vida como en la política lo peor que te puede pasar es sentir que ya no eres necesario. Porque cuando no eres necesario normalmente te echan o hacen que te vayas. Por eso es tan importante atar en corto a quien puede hacer mañana que no seas necesario.