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23.04.09 -

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L a primera reunión de Patxi López y Antonio Basagoiti tras el acuerdo que permitirá al candidato socialista convertirse en lehendakari en menos de dos semanas no sólo ha supuesto la rúbrica al más alto nivel del pacto alcanzado para propiciar un Gobierno de cambio en Euskadi. La escenificación por parte de ambos dirigentes quiso subrayar también su compromiso con la estabilidad del futuro Ejecutivo, cuyos retos más inmediatos, según incidió el líder del PSE, se centrarán en el combate contra una crisis económica que previsiblemente tendrá sus peores consecuencias para el País Vasco en los próximos meses y en la búsqueda de una nueva acción unitaria contra la amenaza de ETA. Entra dentro de lo esperable que tanto López como Basagoiti interpretaran de manera no exactamente coincidente el alcance de su alianza: el PSE se resiste a que limite totalmente su margen de maniobra para procurar pactos más amplios y tratar de reforzar así la acción de su gobierno en minoría, mientras que los populares precisan subrayar su decisiva aportación al giro que va a experimentar la situación política e institucional en Euskadi. Pero la imagen conjunta de ayer representa la disposición de ambos partidos a asegurar un marco estable para la gobernabilidad, cuya consecución dependerá no sólo de cómo sean capaces de modular sus estrategias en el contexto del pacto suscrito, de la actuación cotidiana del Ejecutivo y de la dinámica parlamentaria; sino también de su capacidad, especialmente en el caso de los socialistas, para conjugar la apuesta por el 'cambio tranquilo' con el esfuerzo de incluir a quienes no participan de él.
López se limitó ayer a esbozar los desafíos de su futuro gabinete, a la espera de que se consume su investidura como lehendakari. Las exigencias de la crisis sobre la economía vasca sitúan como prioridad ineludible del nuevo Ejecutivo agilizar los trámites ligados al traspaso de poderes -responsabilidad de la que no puede desentenderse de ningún modo el Gobierno saliente de Ibarretxe- y articular una respuesta lo más rápida y consensuada posible ante una inminente recesión. Ahora bien, la máxima atención que requiere la crisis y el hecho de que los éxitos en la lucha antiterrorista estén acentuando la debilidad de ETA no deberían constreñir el cambio únicamente a la deslegitimación plena de los terroristas, con ser éste un objetivo pendiente y esencial. La propia descomposición de la banda etarra y su entorno ha situado ya a todas las fuerzas democráticas sin excepción ante la responsabilidad de acelerar el camino hacia el final de la violencia, renunciando a enredarlo en engañosas apelaciones a salidas dialogadas.
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