Hace dos años que a Asier Etxeandia se le murió la madre. Y desde entonces ha convertido Bilbao en su territorio mítico. «Mi familia nunca tuvo un duro, nos echaron de todas las casas de alquiler. Así que yo carezco de la sensación de un hogar en Bilbao, voy a casa de amigos. El hogar era el útero materno». Desde que sus cenizas se esparcieron en la Ría, Asier ha descubierto ser dos personas. «Mi madre y yo. Para mi sorpresa, todo lo que hago es por ella».
A sus 33 años, no hay actor teatral más completo. Deslumbró con la intensidad de una supernova como el maestro de ceremonias de 'Cabaret' y sus últimas obras junto a Blanca Portillo -'Barroco', 'Hamlet'- han obnubilado a la crítica. Canta y baila como los ángeles. Pero el cine todavía sigue sin saber qué hacer con él. Presentada a concurso en Málaga, '7 minutos' le brinda un papel tan pequeño como el de 'El próximo Oriente' y 'Las 13 rosas'.
Una comedia romántica con guión de la ministra González-Sinde, sobre parejas que se citan por Internet. «Yo me he enamorado en siete minutos, y hasta en menos. Claro que luego me ha ido de culo...». Sus dos metros también asoman en 'Mentiras y gordas' como un mefistofélico 'dealer', «una mezcla de Mario Vaquerizo, Pocahontas y ciertos personajes que he conocido en la noche». Almodóvar eliminó su personaje en el montaje final de 'Los abrazos rotos'. «Una putada. Cuentas a todo el mundo que has trabajado con Al modóvar y luego no sales...».
«Me moría de miedo»
Etxeandia atribuye su profesión a una infancia dickensiana. «Un claro ejemplo de fracaso escolar. Mi niñez fue una pesadilla. Vivía en una soledad absoluta y me moría de miedo y tristeza». El acoso de sus compañeros de clase le hacía refugiarse en un mundo imaginario, el motor para ser actor. «Desde pequeño tuve la esperanza de que algún día alguien me respetara. Porque ser actor es una forma de no sentirse solo».
Todavía hoy admite que no sabe hacer una división larga. «Los cálculos nunca se me han dado bien, soy una persona inteligente emocionalmente. Si me preguntas la tabla del ocho tengo que ir a la calculadora. Se me remueven unos traumas internos... Me veo en el encerado, con toda la clase riéndose». Sin embargo, no tuvo reparos en aparecer desnudo en las funciones de 'La divina comedia'. «Ese es otro mundo. Es emoción».
No guarda buen recuerdo de su paso por una escuela de intepretación en el País Vasco, con profesores que sentaban cátedra y criticaban a los alumnos que probaban suerte en televisión. «Yo hice de todo para pagarme la escuela, y no veía nada malo en salir en 'Un paso adelante' o trabajar de payaso en el supermercado. También hay mucho frustrado entre los profesores que no han llegado a nada como actores».
Trabajo en un 'sex shop'
Entre sus oficios alimenticios, recuerda el verano que pasó de dependiente en un sex shop de Vitoria. «Tenía 18 años y todavía era virgen. Había tenido mis cositas pero no había echado un polvo en condiciones. Mi inexperiencia y frescura hizo que fuera el que más vendiera en la historia del sex shop. Eso sí, tres meses rodeado de porno hizo que me desapareciera la libido». Vivió en una casa ocupada en Getxo y allí acuñó el término 'punkynobleza' para referirse a los bilbaínos.
«Me encontré con punkis, perroflautas, teatreros, heavies, pijos, borrokas... Suena demagogo, pero creo que la gente de Bilbao tiene una cierta nobleza, les importa menos las apariencias. Hay más colegueo entre hombres y mujeres, por eso se folla menos». Su madre le hizo prometer que compraría una casa, y dos meses después de su muerte se hipotecó en Madrid. «Yo, que era tan libre...».
Asier Etxeandia admite estar «un poco zumbado» y vivir a veces con más intensidad lo que le ocurre en el escenario que en la vida real. «Intento buscar el equilibrio pero no puedo. No entiendo qué es ser normal». Siempre ha jugado la carta de la provocación y la ambigüedad. «A mí me provocan las personalidades únicas, no puedo con los cobardes, son los más peligrosos. En cuando a lo de ser ambiguo, no me cierro a nada en mi vida, porque como me han dado tantas hostias... Seducir a hombres y mujeres es maravilloso».
Sólo tiene miedo a perder la magia de su oficio. «Cuando he pasado una depresión he temido que no tuviera ganas de ir a trabajar. Incluso las vacaciones las vivo con cierta ansiedad. Trabajando me meto en unos mundos que me salvan de la vida cotidiana».
Junto a una comedia tan amable como '7 minutos', dirigida por Daniela Fejerman, el festival de Málaga presentó ayer 'Trash', de Carles Torras. Un drama coral en la estela de 'Vidas cruzadas', que interrelaciona las soledades de barceloneses necesitados de afecto. Correcta pero previsible, no ayudó a elevar el listón de la sección oficial.