De Bilbao guarda los gratos recuerdos de los paseos con Blas de Otero; y del Puerto Viejo de Algorta rememora su belleza y el gusto del pescado que le sirvieron, hace ya mucho tiempo. J. M. Caballero Bonald, uno de los nombres indiscutibles de la literatura española desde la posguerra, tiene mucha experiencia, ha peleado en muchas batallas, literarias y políticas, y ahora, a sus 82 años y alejado ya para siempre de las novelas y los libros de memorias, publica su poemario 'La noche no tiene paredes' (Seix Barral), una obra que condensa «sus últimas voluntades»...
-Y en la que no falta la mala leche.
-Es que la injusticia y los abusos de poder me producen verdadera cólera, que calmo como puedo escribiendo poemas.
-En uno de ellos dice que hombre justo es aquel que no manda ni le mandan. Lo pone difícil, ¿no?
-Ya, pero ése es el ideal. Odio que me manden y nunca he mandado. Cuando he tenido que hacerlo, o no lo he hecho o lo he hecho muy mal. Esos jefes de negociado que van dando órdenes por aquí y por allá me incomodan muchísimo. Son unos personajes siniestros. Los grandes escritores han sido grandes desobedientes, han ido a contracorriente de los gregarios y de los sumisos. Para mí, ésa es una de sus grandezas.
-Con la edad, ¿se gana en tolerancia?
-Siempre he sido muy respetuoso con las ideas ajenas, pero hasta cierto punto, claro, porque cuando esas ideas son extremistas dejo de ser tolerante. De todas formas, y sobre todo en el aspecto político, hay personajes que detesto. No lo puedo evitar. Tengo un rechazo instintivo contra ciertas figuras de la política, pero también contra esos ídolos que circulan por ahí, personajes muy famosos a los que el público sigue con mansedumbre. En el fondo, son unos mediocres que han sido alzados a un pedestal falso.
Patrias y afectos
-Entre esos ídolos, ningún poeta, claro.
-A los poetas no les hace caso nadie. Somos unos cuantos amigos. La poesía siempre ha sido minoritaria y debe continuar así, porque busca lo oculto de la realidad y trata de definirlo, un trabajo que no resulta fácil. Y además, hoy la sabiduría se desprecia porque está fuera del mercado y, entonces, no interesa.
-La noche, como apunta el título de su libro, es el tiempo de la libertad.
-La nocturnidad es un espacio libre porque se hacen cosas que nunca se harían de día. Yo he sido muy nocturno, como la mayoría de mi generación. Pero también es el espacio de la soledad, el tiempo en que uno se siente perdido. Es la noche mística, la noche oscura del alma.
-Son también las horas del pecado.
-Yo defiendo el burdel, la infracción, o el pecado, si uno quiere llamarlo así. Siempre meto un burdel, o varios, en mis libros. En ellos se encuentra la excepción a la abrumadora normalidad que nos rodea. Un amigo mío me dejó un libro suyo para que lo leyera y me pidió mi opinión: «Le falta burdel», le dije.
-Cuando se vuelve la vista atrás, ¿es inevitable la melancolía?
-Hace tiempo que han desaparecido amigos muy queridos como Blas de Otero o los compañeros poetas de la Generación de los 50. De aquella famosa foto en Colliure, el pueblo francés donde está enterrado Antonio Machado, sólo quedamos Paco Brines y yo, que soy el más viejo de los dos. Eso te crea un sentimiento muy fuerte de melancolía, de orfandad, de tristeza y de depresión a veces. Siempre he sido muy depresivo, aún tengo temporadas malas, y ese recuerdo de los amigos que han muerto me deprime mucho.
-Pero usted ha vivido muy bien. Ha escrito lo que ha querido, se ha ganado el reconocimiento de la gente...¿Qué más quiere?
-Sí, no me puedo quejar. Quizá soy un insatisfecho, aunque todos los artistas lo somos. Porque, si pensáramos que lo que hemos hecho es perfecto, no tendría ningún sentido seguir.
-¿Que época de su vida recuerda con mayor agrado?
-Los años cincuenta fueron muy desapacibles, sobre todo por el clima del franquismo, «la larga noche de piedra», como decía el poeta gallego Celso Emilio Ferreiro. La época en la que trabajé con Cela fue muy complicada, y la que recuerdo con más cariño es la que pasé dando clases en la Universidad Nacional de Bogotá, recién casado. Los tres años que estuve en Colombia, a principios de los sesenta, fueron muy intensos y plenos.
-¿Por qué?
-Tenía muy buenos amigos, escribí mi primera novela, tuve mi primer hijo, planté un árbol y el país es muy atractivo, lleno bellezas naturales. Uno tiene muchas patrias, porque las encuentro donde están los afectos, y Bogotá es una de ellas. La patria, como decían los latinos, es el sitio donde te sientes bien.