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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

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DE CUANDO EN CUANDO

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S i ustedes se dan un paseo por el Casco Viejo y entran en ese distrito que encierra el alma de Bilbao (esto es una afirmación subjetiva y quizá nostálgica) llegarán hasta la puerta llamada del Ángel, que es una de las entradas (hoy cerrada) a la basílica de Santiago.
Y ya que estamos aquí, yo les invitaría a entrar en el templo por su puerta principal, para rezar una oración al santo titular de la basílica que ejerce su humilde oficio de conserje situado encima de una puerta. Ahora podrán rezar sin arrodillarse en el suelo, porque alguien ha tenido al fin el sentido común suficiente para colocar reclinatorios acoplados a los bancos.
Una vez terminada la oración, vuelvan de nuevo a la puerta del Ángel y fíjense en la pared que hay junto a la puerta. Hoy es tan sólo una pared, pero antaño fue uno de los frontones callejeros donde los chavales de Bilbao, en aquella época en que eran dueños de la vía pública, practicaban el típico deporte de la pelota vasca. Léanlo en esta gacetilla publicada en septiembre de 1885:
«En las calles donde existe libre una pared, no se ve más que chiquillos que se dedican a jugar a la pelota, a ciencia y paciencia de la guardia municipal. El sitio que con más frecuencia eligen para este juego es la puerta del Ángel, o sea la entrada al templo de Santiago por la calle del Correo, donde a cualquier hora del día interrumpen a los fieles que acuden a la basílica».
Ciertamente, no era este el único frontón 'callejero' que existió antaño. Lo demostraba el cartel que había en la pared del templo de la residencia de los padres jesuitas en la calle de Ayala. El letrero (que fue lamentablemente borrado al rehabilitar el muro ) decía textualmente: «Se prohíbe jugar a la pelota».
Hoy, desalojados de su ambiente natural de convivencia, el problema ha desaparecido. Los chiquillos ya no molestan con sus juegos. Han sido recluidos en sus casas, donde se consuelan con los videojuegos. A mí, que pude disfrutar de la feliz generación infantil 'callejera', me dan un poco de pena.
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