En 1995, cuando las urnas avalaban el nuevo poder de la mayoría negra en Sudáfrica, ella debutaba en Hollywood con la enésima entrega de 'Los chicos del maíz'. El partido de Nelson Mandela, revalidaría por tercera vez su control parlamentario nueve años después, los mismos que emplearía aquella joven 'afrikaner' en alcanzar el estrellato y conquistar el Oscar gracias a su interpretación en 'Monster'. Tras la muerte del reputado cirujano Christiaan Barnard, Charlize Theron es hoy la representante más conocida de la comunidad blanca del país, que también cuenta entre los suyos con dos premios Nobel en Literatura de la talla de Nadine Gordimer y J. M. Coetzee.
Pero la actriz también ejemplifica un éxodo de importantes proporciones. En el breve espacio que la llevó de chica Martini a triunfar en el cine, unos 850.000 compatriotas de piel pálida siguieron su camino y abandonaron el país rumbo a Gran Bretaña, la antigua metrópoli, Estados Unidos o Australia. Como consecuencia, en tan sólo una década, su porcentaje ha retrocedido del 13,6% a una tasa que oscila entre el 9 y 10% del total.
El fenómeno es incluso anterior a la implantación de la democracia. Los 'chicken run' o gallinas corredoras, tal y como se denominaba despectivamente a quienes prefirieron no ser testigos de los cambios, se apresuraron a hacerse con el necesario visado y maneras para exportar su capital, a menudo convertido en depósitos de oro.
Desgraciadamente, no se trató de un hecho puntual. La sangría social y económica de aquellos años ha proseguido durante estos diez últimos y los emigrantes no son sólo viejos nostálgicos del apartheid que desconfían de la nueva clase dirigente, sino jóvenes licenciados y matrimonios con prole de corta edad que buscan otro futuro. La pérdida de técnicos y profesionales liberales ha sido continua, especialmente gravosa en el ámbito de la salud en un territorio asolado por la pandemia del sida.
La atmósfera de inseguridad ciudadana en unos de los países del mundo con mayores desigualdades de niveles de renta ha contribuido a esta salida. Las tasas de homicidios superan a las estadounidenses con estadísticas que hablan de 18.000 asesinatos al año. A lo largo de la última década, unos 2.000 granjeros blancos han perdido la vida y la violencia de las bandas se ha convertido en un grave fenómeno en ciudades como Ciudad del Cabo o Johanesburgo, incluido su exclusivo suburbio de Sandton.
Políticas hostiles
Además, los blancos aducen la existencia de políticas hostiles que también les impulsan a abandonar la tierra a la que llegaron sus primeros antepasados hace cuatro siglos. La introducción de la Black Economic Empowerment (BEE) o estrategia de discriminación positiva a favor de la población negra, ha supuesto cierta marginación en el ámbito administrativo y la generación de una nueva élite de burócratas indígenas. Esta política también ha afectado a otros como los asiáticos y provocado la marcha a Canadá de numerosos sudafricanos de origen chino.
Al descenso porcentual ha contribuido el aluvión de entradas procedentes, fundamentalmente, de Zimbabue, Mozambique y Nigeria. Tras décadas de fuertes restricciones a la llegada de nativos del resto del continente, su número ha aumentado con rapidez.
Muchos blancos se van, pero otros también piden un lugar en el país del Arco Iris. Tras la caída del Telón de Acero, muchos demandantes de los antiguos estados comunistas acudieron a los consulados sudafricanos para obtener un permiso de residencia. Los críticos con la administración del CNA reprochan una actitud oficial muy recelosa al respecto que esconde el deseo de socavar la presencia europea.