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21.04.09 -

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N o estaba Obama. Por consiguiente, no hubo milagro. Ahmadineyad junto a Chávez son las dos estrellas del firmamento vociferante. El presidente norteamericano logró poner sordina a la bocaza del venezolano. Pero al iraní lo dejaron solo en el ruedo y, ustedes me perdonarán, ahíto de razones. El abuso de Gaza, el desafuero de Irak y el desfase de Afganistán dieron al líder persa la oportunidad de construir un discurso en clave electoral y propagandística, que sólo aspiraba a los altavoces de la comunidad internacional. Cumplió a plena satisfacción. A las taurinas cinco de la tarde, este comeniños abría las primeras de los digitales del mundo al acusar a Israel de racista por su conducta criminal y avasalladora con el pueblo palestino, provocaba la estampida de la UE y justificaba la autoexclusión de Estados Unidos y otros siete países más. Nada, por otra parte, que no se pudiera esperar. Otra cosa es que moleste ahora, cuando prende en el mundo la semilla de hermandad y buen rollo que predica la Administración Obama y que llevó a un arrobo casi místico a los líderes de la cumbre de las Américas.
Pero los fanáticos son como los gatos, de los que no te puedes fiar, y su amor por ellos entraña el riesgo de cobrarse un arañazo. Aunque, tal vez, Ahmadineyad haya errado el tiro y sus críticas permitan al recién constituido Gobierno hebreo irrumpir en el panorama internacional más como víctima que como verdugo. Y complique el próximo encuentro entre Netanyahu y Obama en la Casa Blanca, que se barruntaba a cara de perro. No sé qué tienen los brutos, capaces siempre de enfatizar nuestras contradicciones y miserias, y convierten en cobardía la buena fe. Sonaban violines, pero no es fácil, ni siquiera para Obama, inducir a un orangután a bailar un vals. Así que si EE UU lo tenía complicado con Israel y sus ganas de apretar el gatillo, ahora se lo ha puesto imposible.
En cuanto a las acusaciones de racismo, parecen una 'boutade' en boca de Ahmadineyad. Viniendo de un especimen alejado del 'homo sapiens' y de una sociedad que trata a la mujer como a un trapo viejo, controla su vida hasta en sus decisiones más simples, bloquea su acceso a la salud o la cultura, la encierra en un burka porque ve en su sexualidad el desorden y una fuerza antidivina de la naturaleza que constituye un peligro, y la lapida por adulterio. Ya decía Shakespeare que un corazón sin mácula difícilmente se asusta.
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