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N o hay empresa que aguante el cese de tres presidentes ejecutivos en cinco meses y la necesidad de buscar un cuarto. Al menos no se aguanta en condiciones de funcionar de manera eficaz. Eso es lo que le ha pasado a ETA desde el pasado mes de noviembre. Tres jefes del 'aparato militar' han caído en manos de la policía, uno tras otro: primero fue 'Txeroki', después 'Gurbitz', el último, ayer, Jurdan Martitegi, un etarra representativo de las promociones de terroristas surgidas en los últimos años de la violencia callejera. Comenzaron quemando cajeros y autobuses y los menos han llegado a jefes de ETA. Los más están en la cárcel desde hace años.
La captura de Martitegi supone un golpe importante para la banda terrorista que se encuentra todavía intentando recomponerse de las caídas sufridas a lo largo del pasado año. El arresto de ayer no sólo frena esos esfuerzos por volver a recuperar la capacidad de actuación perdida, sino que, además, se produce en un momento clave. ETA había lanzado el guante a las instituciones autonómicas vascas amenazando al futuro gobierno que presida Patxi López. En medios policiales se estaba en alerta ya que se temía que la banda intentara cometer algún atentado espectacular coincidiendo con la elección de Patxi López como lehendakari o de su toma de posesión. No se sabe si el arresto de Martitegi evitará ese atentado, pero lo que es seguro es que lo pone un poco más difícil.
La detención de otro miembro de la cúpula etarra es, además, factor de debilitamiento de la dirección de la banda en la pugna callada que se mantiene en el seno de la izquierda abertzale. Cada pistolero que cae da más oportunidades a aquellos que quieren hacer política poniendo fin a la violencia. En la medida que el liderazgo de ETA es débil y provisional, los políticos de su entorno tienen más fácil arrancar cotas de autonomía para desvincularse de la violencia.
ETA, sin duda, pondrá a otro terrorista en el puesto que ocupaba Martitegi, pero eso no significa que la acumulación de detenciones no produzca efectos en el seno de la banda. Hay un deterioro gradual de su capacidad, aunque esta realidad puede quedar oculta con cualquier atentado. Y, además, se incrementa la desmoralización de todos los miembros del mundo etarra, entre ellos los presos. Nada mina más la voluntad de continuar con la violencia que las dificultades de ETA para desarrollar campañas sostenidas de atentados y la captura de sus dirigentes más significativos.
Una de las principales decisiones del debate iniciado por ETA en 2007 fue realizar una reestructuración interna que incrementase la seguridad de los aparatos de la banda. El fracaso en conseguir este objetivo es notable.
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