La cumbre de Trinidad y Tobago posiblemente pasará a la historia por marcar un diferente tipo de relaciones entre Estados Unidos y los países latinoamericanos. Los presidentes de la parte sur del continente se mostraron satisfechos con la nueva era que parece abrirse y hablaron de un punto de inflexión en los vínculos con Washington. Al menos es lo que esperan o desean los 34 mandatarios reunidos en el archipiélago caribeño. El objetivo de esta cita, que concluye hoy, es «asegurar el futuro de nuestros ciudadanos promoviendo la prosperidad humana, la seguridad energética y la sostenibilidad ambiental».
La mayoría de los presentes responsabilizan de la actual crisis mundial a los anteriores gobiernos estadounidenses y a muchos les preocupa la coyuntura porque, según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), «por cada punto porcentual que se reduzca el PIB en América Latina unos 15 millones de personas regresarán a la pobreza extrema». Se revertiría la tendencia de los últimos cinco años en los que unos cuarenta millones salieron de esa situación.
El presidente brasileño, Lula da Silva, consideró que «la crisis la habían creado gente rubia y de ojos azules» y que Latinoamérica no debía pagar las consecuencias. Por eso, acudieron a la cita con cierta prevención ante Obama, quien dijo que era importante reconocer los errores del pasado pero sin que le culparan a su país ni a él por los problemas del hemisferio sur.
De todas formas, el mandatario estadounidense demostró que no se parece a su antecesor. En la primera jornada se ofreció para tratar de «igual a igual» a todos los países, tomó la iniciativa para saludar a sus pares y abordó en su discurso todos los temas candentes -fue aplaudido en seis ocasiones-. Ayer acabó por meterse en el bolsillo a los más críticos, empezando por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez.
Con los tres bloques
Durante la mañana, el inquilino de la Casa Blanca se reunió con los tres bloques continentales, sur, centro y norte. La que más expectación despertaba fue el encuentro con los representantes de Unasur, (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela) a la que pertenecen dos de los más recalcitrantes oponentes a EE UU, Chávez y el boliviano Evo Morales.
«Tengo mucho que aprender y muchas ganas de escuchar» fue lo primero que dijo Obama. Se habló de cómo la crisis afecta a la región donde la pobreza hace estragos, de la situación de Cuba, de la ayuda financiera, el narcotráfico y la energía.
El talante dialogante propició que al término de la reunión Chávez dijera que «había tomado nota de algunas ideas». Calificó la cita de «extraordinaria» y afirmó que «no tenía duda» de que Venezuela y EE UU se acercarán porque hubo «un buen inicio». El líder afroamericano comentó, por su parte que estaban «haciendo progresos en la cumbre». Uno de sus funcionarios definió la reunión de «muy civilizada, muy positiva y sin tensiones».
Michelle Bachelet, presidenta de Chile y de Unasur, coincidió en que fue un encuentro «muy positivo». También llamó a no repetir errores para «buscar ese cambio en la historia de que todos los países de nuestro continente podamos construir un mejor destino para nuestros ciudadanos». .
Lo que quedó claro es que la iniciativa estadounidense de potenciar el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) -que comenzó su declive en la cumbre de Mar de Plata en el 2005- ha quedado enterrada.