«Si soy algo, es un contador de historias». Lo dice ufano y risueño David Trueba (Madrid, 40 años), que recibió ayer con orgullo el Premio Nacional de la Crítica de 2008. El cineasta y escritor ha seducido al jurado con su tercera novela -'Saber perder' (Anagrama)-, una narración de supervivientes que confirma, según el fallo, que el pequeño de los Trueba «no está de paso por la literatura» ni es, como muchos han querido hacer ver, «un cineasta que además escribe».
-La crítica literaria reconoce que su talento narrativo no es menor que el cinematográfico. ¿Orgulloso?
-Desde luego. Un premio como el de la crítica supone un empujón y te hace pensar que no te has equivocado del todo. Que no estás tan a la intemperie como crees cuando te preguntas por qué te dedicas a esto.
-¿Despertó antes el interés por la escritura o por la imagen?
-Si soy algo, es un contador de historias y para contar una historia cualquier medio es útil sea mediante la palabra hablada, escrita o en imágenes. Pero lo esencial es la historia ligada a unos personajes.
-El cine de David Trueba ¿está contaminado de su literatura, y viceversa, y en qué medida?
-Trato de domesticar ambas dedicaciones y que cada una se quede en u cajón distinto. Pero es obvio que literatura e imagen conviven en mí y que la una actúa sobra la otra, y viceversa. Cuando escribo y cuando ruedo trato de ser lo suficientemente humilde como para no imponer sobre una novela el hecho de dirigir cine y no imponer sobre la película mi condición de escritor. Si estoy con un libro trato de que sea lo más importante de ese momento. Con las películas, tres cuartos de lo mismo. Trato de que mi biografía, mis intereses y mis otros oficios no interfieran mucho.
-Dice el tópico que la escritura es soledad y el cine un trabajo colectivo...
-Relativamente. A menudo, cuando dices acción y suena la claqueta sientes una intensa soledad y una enorme responsabilidad. En el cine se trabaja en conjunto, pero es también una labor muy personal. Puedes estar en una Gran Vía atestada de gente o en el desierto, pero sientes que tienes que tirar de la máquina solo. A veces me he sentido muy solo rodeado de un equipo de rodaje y muy acompañado por los lectores cuando escribo en soledad una novela. Cualquier proyecto creativo es un esfuerzo solitario. Ni una novela ni una película pueden salir adelante sin soledad, paciencia y calma.
-En el cajón de su escritorio, ¿tiene guardados más guiones o bocetos de novelas y relatos?
-Lo que hay sobre todo en ese cajón son unas enorme ganas de hacer algo de cine que no se acaban de concretar en nada. También hay muchísima frustración por cómo está la industria del cine. Pero siempre ha habido y habrá guiones y narraciones. Eso sí, para que rompa a escribir algo el cuerpo tiene que tirar de mí, me lo tiene que pedir de forma imperativa.
-¿Ocurrió así con 'Saber perder?
-Sí. Es una historia de cuatro personajes de hoy, de diferentes edades, que en un momento dado entrecruzan sus vidas. Ellos tratan de vivir y yo trato de mostrar el esplendor y la dureza de unas vidas a las que tratan de sacarle todo el jugo.
«La cultura, de todos»
-¿Es más interesante la poética del perdedor que la del ganador?
-El ganador es siempre hortera y prepotente. Si alguna poética me seduce es al del superviviente. La poética del perdedor tampoco me gusta. La gente que acepta la derrota como una cosa fotogénica me molesta. Hay que luchar contra la derrota y no dejar nunca que la resignación se imponga.
-Si hubiera recibido una llamada de La Moncloa ofreciéndole la cartera de Cultura, ¿habría aceptado?
-Probablemente no. Nunca he tenido ambiciones políticas ni representativas. Creo que la cultura de un país no se arregla desde un ministerio. Se arregla desde muy abajo, desde el propio país, desde la gente. Me gustaría pensar que un español se siente muy orgulloso cuando hay una película española que le es propia, cuando no la siente como algo ajeno. La cultura la hacemos entre todos. Es una cuestión de los ciudadanos, que han de valorarla, cuidarla, perseguirla y defenderla. Sin eso no se puede sobrevivir culturalmente.