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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

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VIZCAYA

A finales del siglo XIX, antes de la irrupción del nacionalismo, surgió una corriente de pensamiento que reivindicó una cierta singularidad y una conciencia propia para los vascos: el vasquismo
12.04.09 -

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Euskaria
Estampa rural de alegría y felicidad compartida en un País Vasco perfecto. / EL CORREO
En su gran mayoría, los liberales vascos no apoyaron la abolición de los fueros de 1876. Por supuesto que habían luchado en contra de la reacción de los carlistas y que se habían jugado la vida por defender un nuevo régimen de libertades, pero de ahí a pensar que serían capaces de admitir la abolición de los fueros por considerarlos como el centro argumental de la rebelión carlista, era un planteamiento sin sentido que no estaban dispuestos a admitir. Sin embargo, el enfado se suavizó bastante tan sólo dos años después. La aprobación del Real Decreto del 28 de febrero de 1878 por el que se dio luz verde al Concierto Económico desmovilizó a buena parte de la clase política liberal, que vio en esa decisión una generosa compensación en forma de una autonomía administrativa nada desdeñable.
Pero, a pesar de esa aceptación general, para un sector de la clase política vasca todo eso no era suficiente. La Asociación Euzkara, con certificado de nacimiento en Navarra, liderada por Arturo Campión y la bilbaína Sociedad Euskalerría, con Fidel de Sagarmínaga a la cabeza, se mantuvieron firmes en su defensa de la reintegración foral. Para ambas formaciones, nada podía paliar la afrenta hecha por la abolición de 1876. Lo único admisible era una vuelta a la situación anterior. Ciertamente, pese a la entrega de sus líderes, ambas formaciones tuvieron poca conexión con el entorno social y sus consignas apenas calaron en sectores populares.
No obstante, a pesar de la poca resonancia que en la sociedad vasca tuvieron esos movimientos fueristas, el resto de las fuerzas liberales no abominaban del ideal vascongado. No despreciaban a España, por descontado. Tampoco argumentaban en contra de la autonomía administrativa con que el Concierto Económico les había distinguido. Pero lo que tenían muy claro es que, precisamente porque ese régimen económico administrativo les confería cierta singularidad, no debían perder de vista la idea de la legitimidad foral, pues lo que se había conseguido estaba, en cierto modo, sustentado en un antiguo régimen de libertades diferencial al existente en otras zonas de España.
Surgió así cierto sentimiento de particularidad y de excepcionalidad basado tanto en lo que en ese momento habían logrado como en lo que habían tenido en el pasado. Esta conexión entre presente y pasado fue clave para los movimientos fueristas, ya que esa originalidad que había otorgado el régimen foral no solo diferenciaba sino que también legitimaba y explicaba la existencia de un sentimiento nacional. Una personalidad vasca, indiscutible, dentro de la nacionalidad española.
De lo foral a lo vascongado
Poco a poco, la defensa de los fueros, la 'cuestión foral' como se denominaba, dio paso a la 'cuestión vascongada'. Lo verdaderamente importante ya no eran los fueros, sino el maravilloso pasado y la historia única del País Vasco, de Euskaria. A partir de ese momento, se produjo todo un alud de publicaciones -libros, artículos, discursos...- en las que se diseñó un pasado histórico totalmente idealizado del que surgió la imagen de un País Vasco idílico. El paraíso terrenal que, a esas alturas de finales del siglo XIX, se veía amenazado por el fenómeno de la industrialización y herido casi de muerte por la abolición de los fueros. El País Vasco había sido un lugar perfecto, sin diferencias, sin conflictos y plenamente democrático hasta que llegó el progreso, es decir, la industria y el liberalismo.
De entre aquella literatura popular destacó la figura de Antonio de Trueba para quien, a la hora de reconstruir la historia del País Vasco, valió todo, desde los mitos tradicionales sin rigor alguno hasta leyendas dadas por falsas. Todo con tal de configurar un mundo rural perfecto. Un País Vasco de postal, del que el mismísimo Miguel de Unamuno llegó a afirmar que sus protagonistas parecían más figuras de nacimiento que auténticos trabajadores del campo.
Junto a toda aquella producción literaria también hubo escritos de contenido más político, preludio de las tesis nacionalistas. En esta línea se entroncó la obra de José María Lizana, 'Cartas irlandesas y húngaras'. En ese libro, el que más tarde habría de convertirse en Marqués de Casa-Torre, estableció un paralelismo entre lo sucedido en el País Vasco tras la abolición foral y los hechos que condujeron a la aprobación del Acta de la Unión en 1800, por la que se suprimió el Parlamento irlandés, por un lado, y con la clausura de la Dieta húngara por parte de Viena, tras la fracasada revolución de 1849, por el otro. Para Lizana, los vascos estaban oprimidos, al igual que irlandeses y húngaros, aunque en ningún caso animaba a una lucha nacional encaminada a recuperar los derechos perdidos.
Según su criterio, el País Vasco debía intentar rescatar los fueros, lo cual no implicaba ni negar la nacionalidad española ni mucho menos exigir la separación. Lo que se planteaba era, al igual que en los países citados, la necesidad de líderes -los equivalentes al O'Connell irlandés y al Deak húngaro-, que encabezasen ese movimiento de recuperación de los derechos perdidos. Nada más. De algún modo, Lizana, a pesar de prestar argumentos a los futuros seguidores de Sabino Arana, colaboró como otros fueristas al establecer las líneas maestras de un cierto vasquismo, defensor de las peculiaridades vascas dentro, por supuesto, de España.
Sin embargo, todo aquel movimiento vasquista no tuvo una continuación política ni ideológica más allá de los años ochenta del siglo XIX. La consolidación de otras opciones políticas más conectadas con la realidad tanto social como económica -socialismo, liberalismo, conservadurismo- y la entrada en escena del fenómeno puramente nacionalista liderado por Sabino Arana dieron al traste con aquel imaginario reivindicador del sentimiento nacional vasco dentro de la nación española.
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